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Kumano Kodo: belleza y misterio en el camino japonés

Entre los numerosos bosques de Japón, ninguno está tan marcado por el misterio y por la espiritualidad como el que recorren las rutas de peregrinaje de Kumano, en la península de Kii. Se trata de los antiguos senderos que utilizaban los peregrinos que iban de Kyoto a los tres santuarios de Kumano –Kumano Hongu Taisha, en la ciudad de Tanabe, Kumano Hayatama Taisha, en Shingu, y Kumano Nachi Taisha, en Nachisan– y que durante más de mil años han sido objeto de veneración de peregrinos. En 2004, la UNESCO los incluyó en la lista Patrimonio Mundial. Este es un recorrido de tres días por varios tramos de la ruta Nakahechi, la más tradicional. El camino de montaña une Tanabe y Kumano Hongu Taisha y está envuelto de una atmósfera intemporal donde destacan el musgo, la piedra y, cómo no, los árboles, símbolo clave en la religión sintoísta. Templos, altares, pueblos con aguas termales, gastronomía exquisita y personajes únicos completan una ruta que se vive en silencio, contemplando misterio y belleza.

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Revista Travel & Leisure  August, 2017 PDF

Argentina

Pese a la falta de similitudes, la aridez de Salta y el hielo de El Calafate son hijos de la misma Argentina. Dos caras de un país inabarcable.

Pasar una semana en Argentina y tratar de visitar Norte, Sur y la bola extra de Buenos Aires es jugar a ser Diego. Perdón, Dios. Un sacrilegio. Seamos francos: sólo Baires ya te exige cinco días (sólo Palermo, cuatro). ¡Che! Hagamos un pacto: léase este recorrido estirando las palabras, alargando las frases, intentando que la ruta que explico a continuación se dilate como el engrudo, tal cual haría un taxista porteño al que le pides dónde queda Corrientes y 45 minutos después te está explicando que un día llevó a Carlos Gardel. Sin prisa y con imaginación. He ahí la actitud. Quizás así el lector pueda sentir —por poco que sea— la sensación que supone arrastrar un lunes los zapatos sobre un territorio árido y escarpado como el de los Valles Calchaquíes, en la provincia de Salta, y el jueves estar caminando con crampones sobre el hielo del glaciar Perito Moreno, 3.000 km al sur. En Salta, remera y gorra; en El Calafate, plumón y gorro. Arriba, degustando vino sin necesidad de excusa; abajo, arrimándose a un guiso de ciervo o una fondue porque arrecia el frío.

Y a todo esto Buenos Aires en medio. Ciudad de llegada y de retorno a España, y a la que hay que honrar como se merece. Lo dicho: los periodistas a menudo jugamos a ser Dios. Pero ¿y a quién no le gustaría tocarla como el Barrilete Cósmico?

Salta

El vuelo desde la capital ha durado poco más de dos horas. 1.600 km al noroeste de Buenos Aires, la ciudad de Salta me da la bienvenida a ritmo de zamba. Estamos en la cuna de los cantores bohemios, de los creadores de este género y de la mítica Peña Boliche Balderrama, una antigua picantería donde, además de poder degustar toda la gastronomía tradicional de la provincia, cada noche se canta. Mucho. “¿Vos sos de Salta? Entonces sabés cantar”, reza el dicho. Y pese a que a un servidor tiene cierta tendencia a agarrar micros cuando no tienen dueño y van de mano en mano, esta noche en el Balderrama me centro en reponer energías, y eso que el vuelo de Madrid a Buenos Aires con LATAM ha sido un plácido partido sin oponente (vamos, en un lujoso butacón de bussiness). Sobre la mesa: matambre, humita, locro y empanada de pollo y charqui. Será suficiente. Suficiente  para una familia de seis miembros de granjeros de Spring Fork, Misuri, quiero decir. Gastronomía es sinónimo de calorías por estos lares. Repto hacia la cama.

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Abandono Salta y me dirijo rumbo sur hacia Cafayate. Busco la tierra árida, los cañones salpicados de cactus cardón, las rocas rojizas con las que el Tiempo ha querido jugar a ser un genio escultor loco. La Ruta 40 desciende serpenteante junto al río Guachipas por este paisaje seco perteneciente a los Valles Calchaquíes. El paisaje te regala la Quebrada de las Conchas y esculturas naturales como El Anfiteatro, El Sapo o Las Ventanas. Tras 90 km de viaje la tierra cobriza da paso a un terreno más amable, aparecen los viñedos, las primeras bodegas, edificios de estilo colonial y la localidad de Cafayate, referente del vino de altura salteño y embajador del blanco por antonomasia: el torrontés.

Me dispongo a seguir el consejo de ‘La Negra’ Sosa (“Deja que beba en tu vino la savia cafayateña, y que me pierda en la cueca cantando antes que me muera”) en la terraza de la Bodega Piattelli, con un bife sobre la mesa que me susurra obscenidades. Más tarde, un paseo a caballo por los terrenos de La Estancia, donde además de pernoctar se puede practicar golf y, básicamente, invertir el dinero en cualquier actividad que no genere estrés.   

El Calafate

Tras varias jornadas en manga corta y regado en Malbec y Torrontés, agarro un nuevo vuelo de LAN para recorrer 3.000 km rumbo sur y terminar en la Patagonia. Todavía con los 25 grados de Salta en la piel, el primer golpe de aire me quita la tontería: forro polar y abrigo plumón son requeridos. Ya.

Estoy en la provincia de Santa Cruz, la más austral del país, en El Calafate, una pequeña ciudad a orillas del lago Argentino a la que se conoce popularmente como la capital nacional de los glaciares. Aquí, en Los Sauces, voy a pasar las próximas dos noches, albergado en una cómoda casa de estilo patagónico y rodeado de álamos y sauces. El hielo y la roca son el reclamo de esta tranquila ciudad, especialmente de septiembre a Pascua, donde todos viven del turismo. “Quienes llegan acá lo hacen con una mano delante y la otra atrás. Después aprendés a colocarlas a los lados para llevar valijas”, me explica el taxista.

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En El Calafate se vive de la actividad que genera el Parque Nacional Los Glaciares, un inmenso escenario de montañas, estepa, lagos y bosques donde el Monte Fitz Roy (3.405 m.) y los glaciares Upsala y Perito Moreno rivalizan en un perpetuo concurso de belleza. El Perito Moreno es, sin duda, la joya de la corona. La posición de su desembocadura, justo delante de la península Magallanes, hace que el acceso sea sencillo: a pocos metros del visitante, los enormes trozos de hielo finalizan su periplo de 400 años y 27 km como auténticas primadonnas: con un grito apabullante y frente a una nube de flashes y aplausos. Bravo.

Para aquellos que buscan una relación más estrecha con el glaciar, hay empresas que organizan travesías a pie sobre el hielo. Nada extremo: son aptas para cualquier edad, duran cerca de 2 horas y te sientes insignificante durante los siguientes 3-4 días. Una auténtica maravilla.      

Buenos Aires

Cuando ya estaba totalmente aclimatado a la temperatura patagónica el calendario me vuelve a desaclimatar. Toca regresar a España. Por suerte, aún me quedan dos noches en Buenos Aires. Totalmente insuficiente, cierto. Pero quiero al menos levar anclas habiéndole robado un beso a esta fascinante metrópolis: hermosa, caprichosa y contradictoria, culta y refinada. El hotel boutique Palo Santo es mi primer campo base; el segundo será el mítico Panamericano, junto a la Plaza de la República y su icónico Obelisco.

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La exploración en solitario tiene sus gratificaciones, pero no hay nada como poder echar mano de un bonairense historiador. La gente de Eternautas se dedica a transmitir la historia de Retiro, de Puerto Madero, de Recoleta, de San Nicolás, de Palermo… de forma diferente.

Algunos datos antes de acabar: el bife de chorizo y el vacío criollo son religión, pero también lo es la pizza, así que hagan el favor de buscar mesa en El Cuartito (Talcahuano 937). Otra cosa: no todos bailan tango, pero no hay casa donde falte el dulce de leche.

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Lonely Planet Traveller (hard copy) April, 2016 PDF

La hija del petróleo

No hace mucho tiempo, la capital de Azerbaiyán se vanagloriaba de producir la mitad del petróleo del mundo. La fiebre del oro negro comenzó a finales del siglo XIX y aquel pistoletazo de salida significó también una brusca transformación de la ciudad. La muralla del viejo Bakú dejó de tener sentido, y más allá de sus límites se multiplicaron las opulentas mansiones y villas de los hombres de negocio; pero también barrios suburbiales sin apenas planificación urbanística. Durante un siglo, Bakú no pudo sacudirse la etiqueta de ‘Ciudad Negra’. Y le ha costado lo suyo.

Hoy, esta urbe de más de dos millones de personas, situada a orillas del mar Caspio, no sólo se ha modernizado ha pasos de gigante sino que se encuentra en plena tarea de reconstrucción estética. Los estímulos no faltan —este año Bakú será la sede de los primeros Juegos Europeos— ni, por supuesto, el dinero para las inversiones —el petróleo y el gas no dejan de fluir—. En los últimos años se han renovado los antiguos edificios de estilo neogótico y barroco que los barones del petróleo levantaron inspirados en el estilo de Londres, París o Bruselas; y junto a ellos, se han construido nuevas estructuras de diseño futurista, como el centro Heydar Aliyev o las Flame Towers. En poco tiempo, lo que en su día fue la capital más antigua de la industria petrolera mundial ha experimentado un lifting integral, convirtiéndose en una urbe moderna, lujosa y de una arquitectura inimitable.

Sin embargo, pese a toda la opulencia y la modernidad, Bakú conserva casi intacto el cordón umbilical que lo une a su Historia y que nace directamente en la Ciudad Vieja, İçəri Şəhər en idioma azerí. Una vez se cruza el muro arranca un entramado de calles estrechas y adoquinadas, con casas de pocas alturas, construidas en piedra, igual que las mezquitas, los baños y los viejos caravanserai, cuyo origen medieval se respirar en infinidad de rincones. Es una delicia vagar por este laberinto sin coches y toparse de repente con el Palacio de los Shirvanshah o la Torre de la Doncella, el icono de la vieja Bakú. La Unesco decidió en el año 2000 que todo el recinto amurallado de la ciudad fuese inscrito como Patrimonio de la Humanidad. Es muy fácil entablar diálogo con las decenas de vendedores que esperan su oportunidad apoyados fuera de sus tiendas de artesanía o con la venta ambulante; o encontrar un rincón tranquilo en un Çay Evi, una casas de té, o en un jardín, como el Vahid. Las torres y murallas de defensa, de los siglos XI y XII, el minarete Synyg Gala, los viejos caravanserai Multani y Bukhara, y las casas de baño Hajji Gayyib o Gasimbey forman parte de la colección de piezas históricas que ofrece este museo al aire libre. La Ciudad Vieja es, sin duda, el lugar ideal donde hospedarse.

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Para visitar la zona renovada, la Bakú moderna, hay que salir del recinto amurallado y moverse en taxi, aunque también es buena opción viajar en metro. En pocos minutos se llega al Centro Cultural Heydar Aliyev (Metro Nariman Narimanov), un imponente museo y sala de ceremonias basado en un diseño de curvas hipnóticas del arquitecto Zaha Hadid. Otro tesoro de la arquitectura contemporánea es el MIM, Museo de Arte Moderno (calle Yusuph Safarov, 5), diseñado por Jean Nouvel, y que contiene una extensa colección de obras de artistas azerbaiyanos post-80. A poca distancia de allí está el puerto de Bakú, desde donde arranca el paseo marítimo, Bulvar, uno de los principales puntos de encuentro y de ocio de toda la ciudad. Familias, músicos callejeros, grupos de amigos y parejas deambulan frente al Caspio durante todo el fin de semana. Las mayores atracciones de esta zona son el Muğam Centre (Neftçilər Prospekti, 9), un centro dedicado a la promoción de la música azerí, el Teatro de títeres, ubicado en un edificio de 1910 de estilo renacentista, y el nuevo Museo Nacional de la Alfombra (avenida Netchilar), que acaba de estrenar nueva ubicación y edificio. El arquitecto de esta estructura con techo en forma de alfombra enrollada es el austríaco Franz Janz y el museo exhibe más de 13.000 piezas, que incluyen, además de alfombras y tapices, trajes tradicionales, telas, cerámica, vidrio y joyería.

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Por las anchas avenidas que vertebran la zona de extramuros se respira modernidad y dinero —mucho dinero, en ocasiones—. Al otro lado del paseo marítimo, a lo largo de la avenida Neftçilər prospekti, se exhibe el lujo de altos vuelos. Pared con pared se suceden las sucursales de Dior, Gucci, Tiffany, Armani, mientras sobre el asfalto los todo-terrenos Mercedes con cristales tintados ya les han ganado la partida a los viejos Lada. De vez en cuando ruge un Lamborghini. En este área se respira el aroma del oro negro. Y como el lujo se filtra rápidamente por las capas freáticas del oil bussiness, la ciudad recibe a sus huéspedes en alfombras rojas que conducen hacia el Marriott, el Hilton o el Fairmont, este último, ubicado en las Flame Towers. Las tres llamas de acero y cristal de 190 metros de altura se han convertido en el emblema de la nueva Bakú. El ejemplo más evidente de la transformación de esta ciudad.

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Lonely Planet Traveller (hard copy) March, 2015 PDF

 

 

Krapanj, tradición sumergida

La isla de Krapanj fue privada durante años. A 300 metros de la ciudad de Brodarica y con menos de medio kilómetro cuadrado de superficie, en esta mota sobre el Adriático sólo estaba permitida la entrada a monjes franciscanos. Así lo dejó escrito en su testamento el último propietario del lugar.

Una iglesia, un huerto y todo el silencio del mundo. No necesitaban más. Un entorno ideal para hombres entregados a los quehaceres divinos, cuya calma se veía preservada por una franja de agua cristalina. La cosa cambió en el siglo XVI, cuando las invasiones otomanas se hicieron frecuentes y los frailes abrieron a la población las puertas de la isla para poder hacer frente a los infieles. Cuando los tambores de guerra cesaron, hubo que buscar la manera de mantener a la nueva población. La pesca era la principal fuente de recursos, pero el mar escondía un tesoro más productivo, aunque desconocido para la mayoría: las esponjas de mar.

Se cuenta que fue un tal padre Antun, cretense de origen, el que enseñó a los isleños el arte de recolectar y limpiar esponjas alrededor del año 1700. En el mar Egeo, el comercio de esponjas se remontaba siglos —los cretenses ya las usaban con fines higiénicos, se dice que los romanos forraban sus armaduras con esponjas, y en la Edad Media se aprovechaban sus beneficios medicinales—, pero en esta parte de la costa dálmata aún no se conocían los beneficios económicos que podían reportar estos extraños animales primitivos. El caso es que el padre Antun repartió arpones entre los hombres de Krapanj e impartió un curso básico de pesca y procesamiento de esponjas. No sólo pillaron la técnica rápido, sino que se convirtieron en expertos durante los siguientes 300 años.

Usaban como embarcaciones barcos pesqueros de 4 toneladas; dos hombres subían a bordo: uno, el sijavac o remero; el otro, el svicar o arponero. Y a bogar. Los svicar bajaban a pulmón entre 10 y 15 metros y como, en definitiva, eran los que se jugaban el tipo se quedaban con la mitad de todo lo recolectado. El otro 50 por ciento del beneficio se repartía entre el remero y el dueño de la embarcación. Hasta finales del siglo XIX los recolectores de esponjas apenas variaron su método. En 1893, con una flota de 40 embarcaciones y prácticamente todos los hombres de la isla involucrados en el negocio, montaron su propia cooperativa y consiguieron los primeros equipos de submarinismo con aire asistido, cosa que les permitía estar más tiempo bajo el agua y recolectar a mayor profundidad (30 metros).

Sin embargo, como todo trabajo artesanal éste también terminó sucumbiendo al tic-tac del reloj. A mediados de los año 50, el número de recolectores de esponjas empezó a decrecer paulatinamente hasta quedar reducido, en 1968, a únicamente 11 buceadores (hoy, la actividad es testimonial). Si dais una vuelta por el bar o paseáis por el embarcadero, todavía podréis encontrar a algunos de esos últimos recolectores y sus recuerdos de inmersiones y de travesía de varias semanas mar adentro en busca de las mejores esponjas del Adriático. Ellos son el último suspiro de una tradición de tres siglos, el eslabón final de una cadena que empezó a forjar un cura cretense en 1702. Se llamaba padre Antun y sin saberlo cambió la historia de esta diminuta isla dálmata.

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LING magazine (hard copy) July, 2015 PDF

Bendita saudade

Fiel a su perenne carácter melancólico, Oporto respira apacible entre copas de vino, tradición y poca o ninguna prisa por alcanzar una falsa modernidad. El Duero besa hoy sus orilla igual que lo hacía en tiempos de los griegos, moldeando un espíritu abocado sin remedio a vivir sin obsesiones. El lienzo de esta hermosa ciudad lo ocupan el queso y el vino de las terrazas del barrio de la Ribeira, las bodegas inglesas de Vilanova de Gaia -su hermana al otro lado del río-, locales históricos como el Café Majestic o el Guarany, la librería Lello o el Palacio da Bolsa. El viejo tranvía sobrevive como puede -pero sobrevive- mientras la apuesta por el arte encuentra su lugar en la Casa do Música o la Fundación Serralves. Parece que nada ocurre, que la humedad del río tiñe todo de saudade, la melancolía portuguesa. Y es posible que así sea. Pero, en cualquier caso, bendita saudade. (+)