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Argentina

Pese a la falta de similitudes, la aridez de Salta y el hielo de El Calafate son hijos de la misma Argentina. Dos caras de un país inabarcable.

Pasar una semana en Argentina y tratar de visitar Norte, Sur y la bola extra de Buenos Aires es jugar a ser Diego. Perdón, Dios. Un sacrilegio. Seamos francos: sólo Baires ya te exige cinco días (sólo Palermo, cuatro). ¡Che! Hagamos un pacto: léase este recorrido estirando las palabras, alargando las frases, intentando que la ruta que explico a continuación se dilate como el engrudo, tal cual haría un taxista porteño al que le pides dónde queda Corrientes y 45 minutos después te está explicando que un día llevó a Carlos Gardel. Sin prisa y con imaginación. He ahí la actitud. Quizás así el lector pueda sentir —por poco que sea— la sensación que supone arrastrar un lunes los zapatos sobre un territorio árido y escarpado como el de los Valles Calchaquíes, en la provincia de Salta, y el jueves estar caminando con crampones sobre el hielo del glaciar Perito Moreno, 3.000 km al sur. En Salta, remera y gorra; en El Calafate, plumón y gorro. Arriba, degustando vino sin necesidad de excusa; abajo, arrimándose a un guiso de ciervo o una fondue porque arrecia el frío.

Y a todo esto Buenos Aires en medio. Ciudad de llegada y de retorno a España, y a la que hay que honrar como se merece. Lo dicho: los periodistas a menudo jugamos a ser Dios. Pero ¿y a quién no le gustaría tocarla como el Barrilete Cósmico?

Salta

El vuelo desde la capital ha durado poco más de dos horas. 1.600 km al noroeste de Buenos Aires, la ciudad de Salta me da la bienvenida a ritmo de zamba. Estamos en la cuna de los cantores bohemios, de los creadores de este género y de la mítica Peña Boliche Balderrama, una antigua picantería donde, además de poder degustar toda la gastronomía tradicional de la provincia, cada noche se canta. Mucho. “¿Vos sos de Salta? Entonces sabés cantar”, reza el dicho. Y pese a que a un servidor tiene cierta tendencia a agarrar micros cuando no tienen dueño y van de mano en mano, esta noche en el Balderrama me centro en reponer energías, y eso que el vuelo de Madrid a Buenos Aires con LATAM ha sido un plácido partido sin oponente (vamos, en un lujoso butacón de bussiness). Sobre la mesa: matambre, humita, locro y empanada de pollo y charqui. Será suficiente. Suficiente  para una familia de seis miembros de granjeros de Spring Fork, Misuri, quiero decir. Gastronomía es sinónimo de calorías por estos lares. Repto hacia la cama.

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Abandono Salta y me dirijo rumbo sur hacia Cafayate. Busco la tierra árida, los cañones salpicados de cactus cardón, las rocas rojizas con las que el Tiempo ha querido jugar a ser un genio escultor loco. La Ruta 40 desciende serpenteante junto al río Guachipas por este paisaje seco perteneciente a los Valles Calchaquíes. El paisaje te regala la Quebrada de las Conchas y esculturas naturales como El Anfiteatro, El Sapo o Las Ventanas. Tras 90 km de viaje la tierra cobriza da paso a un terreno más amable, aparecen los viñedos, las primeras bodegas, edificios de estilo colonial y la localidad de Cafayate, referente del vino de altura salteño y embajador del blanco por antonomasia: el torrontés.

Me dispongo a seguir el consejo de ‘La Negra’ Sosa (“Deja que beba en tu vino la savia cafayateña, y que me pierda en la cueca cantando antes que me muera”) en la terraza de la Bodega Piattelli, con un bife sobre la mesa que me susurra obscenidades. Más tarde, un paseo a caballo por los terrenos de La Estancia, donde además de pernoctar se puede practicar golf y, básicamente, invertir el dinero en cualquier actividad que no genere estrés.   

El Calafate

Tras varias jornadas en manga corta y regado en Malbec y Torrontés, agarro un nuevo vuelo de LAN para recorrer 3.000 km rumbo sur y terminar en la Patagonia. Todavía con los 25 grados de Salta en la piel, el primer golpe de aire me quita la tontería: forro polar y abrigo plumón son requeridos. Ya.

Estoy en la provincia de Santa Cruz, la más austral del país, en El Calafate, una pequeña ciudad a orillas del lago Argentino a la que se conoce popularmente como la capital nacional de los glaciares. Aquí, en Los Sauces, voy a pasar las próximas dos noches, albergado en una cómoda casa de estilo patagónico y rodeado de álamos y sauces. El hielo y la roca son el reclamo de esta tranquila ciudad, especialmente de septiembre a Pascua, donde todos viven del turismo. “Quienes llegan acá lo hacen con una mano delante y la otra atrás. Después aprendés a colocarlas a los lados para llevar valijas”, me explica el taxista.

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En El Calafate se vive de la actividad que genera el Parque Nacional Los Glaciares, un inmenso escenario de montañas, estepa, lagos y bosques donde el Monte Fitz Roy (3.405 m.) y los glaciares Upsala y Perito Moreno rivalizan en un perpetuo concurso de belleza. El Perito Moreno es, sin duda, la joya de la corona. La posición de su desembocadura, justo delante de la península Magallanes, hace que el acceso sea sencillo: a pocos metros del visitante, los enormes trozos de hielo finalizan su periplo de 400 años y 27 km como auténticas primadonnas: con un grito apabullante y frente a una nube de flashes y aplausos. Bravo.

Para aquellos que buscan una relación más estrecha con el glaciar, hay empresas que organizan travesías a pie sobre el hielo. Nada extremo: son aptas para cualquier edad, duran cerca de 2 horas y te sientes insignificante durante los siguientes 3-4 días. Una auténtica maravilla.      

Buenos Aires

Cuando ya estaba totalmente aclimatado a la temperatura patagónica el calendario me vuelve a desaclimatar. Toca regresar a España. Por suerte, aún me quedan dos noches en Buenos Aires. Totalmente insuficiente, cierto. Pero quiero al menos levar anclas habiéndole robado un beso a esta fascinante metrópolis: hermosa, caprichosa y contradictoria, culta y refinada. El hotel boutique Palo Santo es mi primer campo base; el segundo será el mítico Panamericano, junto a la Plaza de la República y su icónico Obelisco.

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La exploración en solitario tiene sus gratificaciones, pero no hay nada como poder echar mano de un bonairense historiador. La gente de Eternautas se dedica a transmitir la historia de Retiro, de Puerto Madero, de Recoleta, de San Nicolás, de Palermo… de forma diferente.

Algunos datos antes de acabar: el bife de chorizo y el vacío criollo son religión, pero también lo es la pizza, así que hagan el favor de buscar mesa en El Cuartito (Talcahuano 937). Otra cosa: no todos bailan tango, pero no hay casa donde falte el dulce de leche.

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Lonely Planet Traveller (hard copy) April, 2016 PDF

La hija del petróleo

No hace mucho tiempo, la capital de Azerbaiyán se vanagloriaba de producir la mitad del petróleo del mundo. La fiebre del oro negro comenzó a finales del siglo XIX y aquel pistoletazo de salida significó también una brusca transformación de la ciudad. La muralla del viejo Bakú dejó de tener sentido, y más allá de sus límites se multiplicaron las opulentas mansiones y villas de los hombres de negocio; pero también barrios suburbiales sin apenas planificación urbanística. Durante un siglo, Bakú no pudo sacudirse la etiqueta de ‘Ciudad Negra’. Y le ha costado lo suyo.

Hoy, esta urbe de más de dos millones de personas, situada a orillas del mar Caspio, no sólo se ha modernizado ha pasos de gigante sino que se encuentra en plena tarea de reconstrucción estética. Los estímulos no faltan —este año Bakú será la sede de los primeros Juegos Europeos— ni, por supuesto, el dinero para las inversiones —el petróleo y el gas no dejan de fluir—. En los últimos años se han renovado los antiguos edificios de estilo neogótico y barroco que los barones del petróleo levantaron inspirados en el estilo de Londres, París o Bruselas; y junto a ellos, se han construido nuevas estructuras de diseño futurista, como el centro Heydar Aliyev o las Flame Towers. En poco tiempo, lo que en su día fue la capital más antigua de la industria petrolera mundial ha experimentado un lifting integral, convirtiéndose en una urbe moderna, lujosa y de una arquitectura inimitable.

Sin embargo, pese a toda la opulencia y la modernidad, Bakú conserva casi intacto el cordón umbilical que lo une a su Historia y que nace directamente en la Ciudad Vieja, İçəri Şəhər en idioma azerí. Una vez se cruza el muro arranca un entramado de calles estrechas y adoquinadas, con casas de pocas alturas, construidas en piedra, igual que las mezquitas, los baños y los viejos caravanserai, cuyo origen medieval se respirar en infinidad de rincones. Es una delicia vagar por este laberinto sin coches y toparse de repente con el Palacio de los Shirvanshah o la Torre de la Doncella, el icono de la vieja Bakú. La Unesco decidió en el año 2000 que todo el recinto amurallado de la ciudad fuese inscrito como Patrimonio de la Humanidad. Es muy fácil entablar diálogo con las decenas de vendedores que esperan su oportunidad apoyados fuera de sus tiendas de artesanía o con la venta ambulante; o encontrar un rincón tranquilo en un Çay Evi, una casas de té, o en un jardín, como el Vahid. Las torres y murallas de defensa, de los siglos XI y XII, el minarete Synyg Gala, los viejos caravanserai Multani y Bukhara, y las casas de baño Hajji Gayyib o Gasimbey forman parte de la colección de piezas históricas que ofrece este museo al aire libre. La Ciudad Vieja es, sin duda, el lugar ideal donde hospedarse.

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Para visitar la zona renovada, la Bakú moderna, hay que salir del recinto amurallado y moverse en taxi, aunque también es buena opción viajar en metro. En pocos minutos se llega al Centro Cultural Heydar Aliyev (Metro Nariman Narimanov), un imponente museo y sala de ceremonias basado en un diseño de curvas hipnóticas del arquitecto Zaha Hadid. Otro tesoro de la arquitectura contemporánea es el MIM, Museo de Arte Moderno (calle Yusuph Safarov, 5), diseñado por Jean Nouvel, y que contiene una extensa colección de obras de artistas azerbaiyanos post-80. A poca distancia de allí está el puerto de Bakú, desde donde arranca el paseo marítimo, Bulvar, uno de los principales puntos de encuentro y de ocio de toda la ciudad. Familias, músicos callejeros, grupos de amigos y parejas deambulan frente al Caspio durante todo el fin de semana. Las mayores atracciones de esta zona son el Muğam Centre (Neftçilər Prospekti, 9), un centro dedicado a la promoción de la música azerí, el Teatro de títeres, ubicado en un edificio de 1910 de estilo renacentista, y el nuevo Museo Nacional de la Alfombra (avenida Netchilar), que acaba de estrenar nueva ubicación y edificio. El arquitecto de esta estructura con techo en forma de alfombra enrollada es el austríaco Franz Janz y el museo exhibe más de 13.000 piezas, que incluyen, además de alfombras y tapices, trajes tradicionales, telas, cerámica, vidrio y joyería.

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Por las anchas avenidas que vertebran la zona de extramuros se respira modernidad y dinero —mucho dinero, en ocasiones—. Al otro lado del paseo marítimo, a lo largo de la avenida Neftçilər prospekti, se exhibe el lujo de altos vuelos. Pared con pared se suceden las sucursales de Dior, Gucci, Tiffany, Armani, mientras sobre el asfalto los todo-terrenos Mercedes con cristales tintados ya les han ganado la partida a los viejos Lada. De vez en cuando ruge un Lamborghini. En este área se respira el aroma del oro negro. Y como el lujo se filtra rápidamente por las capas freáticas del oil bussiness, la ciudad recibe a sus huéspedes en alfombras rojas que conducen hacia el Marriott, el Hilton o el Fairmont, este último, ubicado en las Flame Towers. Las tres llamas de acero y cristal de 190 metros de altura se han convertido en el emblema de la nueva Bakú. El ejemplo más evidente de la transformación de esta ciudad.

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Lonely Planet Traveller (hard copy) March, 2015 PDF

 

 

Krapanj, tradición sumergida

La isla de Krapanj fue privada durante años. A 300 metros de la ciudad de Brodarica y con menos de medio kilómetro cuadrado de superficie, en esta mota sobre el Adriático sólo estaba permitida la entrada a monjes franciscanos. Así lo dejó escrito en su testamento el último propietario del lugar.

Una iglesia, un huerto y todo el silencio del mundo. No necesitaban más. Un entorno ideal para hombres entregados a los quehaceres divinos, cuya calma se veía preservada por una franja de agua cristalina. La cosa cambió en el siglo XVI, cuando las invasiones otomanas se hicieron frecuentes y los frailes abrieron a la población las puertas de la isla para poder hacer frente a los infieles. Cuando los tambores de guerra cesaron, hubo que buscar la manera de mantener a la nueva población. La pesca era la principal fuente de recursos, pero el mar escondía un tesoro más productivo, aunque desconocido para la mayoría: las esponjas de mar.

Se cuenta que fue un tal padre Antun, cretense de origen, el que enseñó a los isleños el arte de recolectar y limpiar esponjas alrededor del año 1700. En el mar Egeo, el comercio de esponjas se remontaba siglos —los cretenses ya las usaban con fines higiénicos, se dice que los romanos forraban sus armaduras con esponjas, y en la Edad Media se aprovechaban sus beneficios medicinales—, pero en esta parte de la costa dálmata aún no se conocían los beneficios económicos que podían reportar estos extraños animales primitivos. El caso es que el padre Antun repartió arpones entre los hombres de Krapanj e impartió un curso básico de pesca y procesamiento de esponjas. No sólo pillaron la técnica rápido, sino que se convirtieron en expertos durante los siguientes 300 años.

Usaban como embarcaciones barcos pesqueros de 4 toneladas; dos hombres subían a bordo: uno, el sijavac o remero; el otro, el svicar o arponero. Y a bogar. Los svicar bajaban a pulmón entre 10 y 15 metros y como, en definitiva, eran los que se jugaban el tipo se quedaban con la mitad de todo lo recolectado. El otro 50 por ciento del beneficio se repartía entre el remero y el dueño de la embarcación. Hasta finales del siglo XIX los recolectores de esponjas apenas variaron su método. En 1893, con una flota de 40 embarcaciones y prácticamente todos los hombres de la isla involucrados en el negocio, montaron su propia cooperativa y consiguieron los primeros equipos de submarinismo con aire asistido, cosa que les permitía estar más tiempo bajo el agua y recolectar a mayor profundidad (30 metros).

Sin embargo, como todo trabajo artesanal éste también terminó sucumbiendo al tic-tac del reloj. A mediados de los año 50, el número de recolectores de esponjas empezó a decrecer paulatinamente hasta quedar reducido, en 1968, a únicamente 11 buceadores (hoy, la actividad es testimonial). Si dais una vuelta por el bar o paseáis por el embarcadero, todavía podréis encontrar a algunos de esos últimos recolectores y sus recuerdos de inmersiones y de travesía de varias semanas mar adentro en busca de las mejores esponjas del Adriático. Ellos son el último suspiro de una tradición de tres siglos, el eslabón final de una cadena que empezó a forjar un cura cretense en 1702. Se llamaba padre Antun y sin saberlo cambió la historia de esta diminuta isla dálmata.

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LING magazine (hard copy) July, 2015 PDF

Alentejo, paraíso del surf

Alejada del bullicio del Algarve, la región portuguesa del Alentejo ofrece todo lo que un surfista puede desear: precios asequibles, una gastronomía exquisita y cientos de kilómetros de costa virgen donde no hace falta competir por coger la próxima ola. Me subo a la furgoneta con tres surfistas locales para recorrer algunas de las playas y pueblos más famosas de esta zona del sur de Lisboa, un edén aún desconocido para el turismo de masas adonde acuden cada año surfistas de todo el mundo en busca de buenas olas y un ambiente relajado. Fabio Matías, André Teixeira y Felipe Vilanova viven del surf y conocen esta costa como la palma de su mano. Ellos me abren las puertas del Alentejo, un paraíso dentro y fuera del agua. (+)

Bendita saudade

Fiel a su perenne carácter melancólico, Oporto respira apacible entre copas de vino, tradición y poca o ninguna prisa por alcanzar una falsa modernidad. El Duero besa hoy sus orilla igual que lo hacía en tiempos de los griegos, moldeando un espíritu abocado sin remedio a vivir sin obsesiones. El lienzo de esta hermosa ciudad lo ocupan el queso y el vino de las terrazas del barrio de la Ribeira, las bodegas inglesas de Vilanova de Gaia -su hermana al otro lado del río-, locales históricos como el Café Majestic o el Guarany, la librería Lello o el Palacio da Bolsa. El viejo tranvía sobrevive como puede -pero sobrevive- mientras la apuesta por el arte encuentra su lugar en la Casa do Música o la Fundación Serralves. Parece que nada ocurre, que la humedad del río tiñe todo de saudade, la melancolía portuguesa. Y es posible que así sea. Pero, en cualquier caso, bendita saudade. (+)

Esperando al nómada

Pese a la apariencia inhóspita del mar que rodea al archipiélago de las Lofoten bajo sus aguas la vida bulle. Durante seis semanas al año aquí se pesca el bacalao más cotizado del mundo. Le llaman Skrei, el nómada.

Hay lugares donde debería ser de obligado cumplimiento llegar cuando el sol ya se ha escondido. Como una especie de Ley sagrada del tipo “prohibido entrar antes de las 22 horas. Se castigará con severidad”. Y que las autoridades repatriaran inmediatamente al osado visitante que se saltara la reglamentación. O peor, que le perdieran el equipaje ad eternum (“Te quedas sin anorak ni bufanda, por antisistema”). Lofoten, en el norte de Noruega, debería ser, sin duda, uno de esos lugares. A este archipiélago salpicado de decenas de picos nevados que se despeñan sobre el océano ártico hay que llegar con noche cerrada. Al amanecer del día siguiente sus ojos lo agradecerán. Se lo aseguro. Aunque también les digo otra cosa: si vuelan desde España, no se obsesionen mucho con este requisito. El lugar está tan al norte que difícilmente llegarán de día.

Hay que subir a una latitud de 68 º norte, rebasando el Círculo Polar Ártico; o lo que es lo mismo, mover el dedo hasta la misma altura que Alaska o Groenlandia encima de un mapa. Uno llega aquí por dos razones: porque le apetece o porque se ha desorientado muchísimo. No hay término medio. Esto último es lo que le sucedió al marinero veneciano Piero Querini en 1432. Viajaba junto a otros 68 hombres rumbo a Flandes, desde Italia, con una carga de productos para el comercio. El mal tiempo les sacó de la ruta y les dejó sin timón y a merced de las corrientes, que poco a poco les fueron empujando hasta las Lofoten. Al final, 16 hombres, entre ellos Querini, tocaron tierra y sobrevivieron al hambre y la deshidratación gracias a los pescadores de la isla de Røst, que les ofrecieron abrigo y todos los víveres de los que disponían; o sea, desayuno, comida y cena a base de bacalao seco. Tras un viaje demoledor, a los maltrechos hombres el menú les supo a música celestial. De hecho, el propio Querini reconoce en su diario que comieron “durante cuatro días sin parar, hasta estar llenos”. Tras cinco meses en las Lofoten -y con la sangre rebosante de fósforo y potasio- los italianos iniciaron el regreso a casa; y una vez en Venecia, Querini se encargó de explicarle al mundo quiénes eran y cómo vivían aquellos hospitalarios habitantes de la isla de Røst que les habían salvado de una muerte segura: “Los isleños, un centenar de pescadores, viven en una docena de casas redondas, con un agujero en el techo y cubiertas de piel de pescado”, cuenta en su diario. “Pescan durante el año una innumerable cantidad de peces (…) su único recurso (…) que transportan luego a Bergen para venderlo”. Es evidente que hoy en día naufragar en las Lofoten sería una experiencia mucho más agradable que la que vivieron aquellos marineros italianos. En los techos de las casas ya no hay escamas, y la calefacción, el satélite y el wifi son tresos armas nuevas e infalibles para combatir al desánimo en los meses de invierno. Sin embargo, todavía hay rasgos de la tradición del archipiélago que se mantienen intactos -o casi- desde tiempos inmemoriales. Y la pesca del bacalao es, sin duda, uno de ellos.

El tesoro más preciado de las Lofoten está bajo el agua. Muchos noruegos les dirán que ese tesoro es negro, viscoso y que recibe el nombre de petróleo. Pero para los pescadores del archipiélago, el cofre de los doblones nada tiene que ver con unos hilillos de plastilina, sino más bien con el bacalao. El mar ha sido tradicionalmente la fuente de ingresos de los habitantes del archipiélago. Existe algo de ganadería, pero lo abrupto del terreno, con macizos puntiagudos que ascienden hasta los 1.000 metros de altura, y la presencia perenne del Océano Ártico han moldeado los hábitos comerciales de sus habitantes hacia la pesca, en concreto la captura y comercialización del bacalao, y su especie rey: el Skrei. El preciado botín -cuya traducción del noruego antiguo es ‘nómada’- acude cada año desde Rusia para desovar en las Lofoten. Siempre puntual, a finales de febrero, para desaparecer en abril, de nuevo rumbo norte, hacia el Mar de Barents. Son seis semanas de trabajo que los pescadores de las islas viven intensamente, así como el resto de la comunidad, incluyendo a los más pequeños.

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Como suele ser habitual en pueblos insulares, la tradición está marcada a fuego en aquellos habitantes que aún viven de la pesca. Poco a poco, el turismo ha ido imponiéndose como principal actividad económica en las islas; pero para aquellos que aún trabajan en la cubierta de un barco o en las lonjas, la pesca del Skrei sigue generando un profundo respeto, tanto por el animal como por las tradiciones que rodean a su captura y que se transmiten de generación en generación desde hace 6.000 años, fecha en la que se calcula que el hombre llegó a estas costas para quedarse. Y si se quedó entonces fue, precisamente, por la abundancia de pescado y no tanto por un paisaje que a nosotros, hoy, nos resulta espectacular.

Pero de momento, ni rastro de ese paisaje mágico. Estoy en el interior de un monovolumen, en el asiento del copiloto, circulando por una carretera estrecha, nevada, a tramos helada y casi a oscuras -la manía de llegar de noche a los sitios-. “¡Tranquilo, los neumáticos llevan clavos!”, me grita a mi izquierda el conductor, seguramente alertado por mis dedos, que a estas alturas del trayecto están incrustados centímetro y medio en el salpicadero del coche. Viajamos rumbo a Henningsvær, uno de los pueblos pesqueros más importantes de Lofoten. Situado en Austvågøya, la más grande de las siete islas principales que conforman el archipiélago, Henningsvær vive en esta época por y para la pesca del Skrei. Es un pueblo pequeño, de apenas 500 personas. Los vecinos se conocen todos y se saludan por el nombre. Pese a que hoy en día la hostelería ocupa buena parte del negocio, durante los meses de invierno la temporada de la pesca genera una actividad efervescente en el pueblo.

Si en algún sitio me pueden explicar el por qué de la fama internacional de este pescado es aquí. Vaya por delante que mis conocimientos gastronómicos son bastante limitados. Digamos, para entendernos, que para mí la evolución del arte culinario empieza y acaba en la pasta con salsa bolognesa; así que -como entenderán- no me veo capacitado para dar un veredicto acerca de si el Skrei es o no el bacalao más exquisito del mercado. Más allá de las campañas de márqueting, de lo que no cabe duda es que la enorme distancia que debe recorrer el animal hasta llegar al archipiélago hace que su carne sea más consistente y con una textura más firme que la del resto de variedades. Digamos que son bacalaos fibrados. Auténticas sílfides bacaladeras.

 

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Al día siguiente, cuando aún no son las 6 de la mañana, en la bocana del puerto de Henningsvær comienza el incesante goteo de embarcaciones que parten a faenar. Las hay pequeñas, prácticamente unipersonales, y otras más grandes, dedicadas a la pesca industrial. Decenas de naves que a esta hora de la mañana desfilan en procesión por el pasillo de agua que discurre entre las dos riberas del puerto, separadas por algo más de 50 metros, sobre el muelle de las cuales se levantan adosadas viviendas de dos y tres alturas, de madera, pintadas en blanco -la mayoría- o en grana. El sol se asoma tímido y comienza a aplicar sin prisa brochazos de luz encarnada sobre las laderas nevadas de las montañas que hacen de telón de fondo a la estampa portuaria. La banda sonora es escasa: el traqueteo monótono de los motores diésel de los barcos; el graznido de las gaviotas al paso de los pesqueros; y, casi imperceptiblemente, el sonido de las quillas al cortar el agua. Apenas se oye algo más. No hay coches, ni maquinaria, ni vocerío, y la nieve que descansa esta mañana en el suelo y en las laderas del pueblo amortiguan cualquier otro sonido. Desde uno de los muelles de atraque alzo la vista hasta el final de la bocana del puerto, allí donde los mástiles de los barcos desaparecen a medida que se adentran en las aguas del Vestfjord, el fiordo que separa las islas de la tierra continental. Observando el horizonte, a uno le sorprende la altura de los macizos rocosos -¿de dónde demonios han salido esas moles?-, y la paleta de colores que elige un sol perennemente bajo: azul intenso para cielo, blanco puro para la nieve, negro para el agua. La estampa es entre alpina y ártica. Algo extraño, pero de belleza hipnótica. Me reafirmo: hay que llegar a este lugar de noche para que, por la mañana, la fuerza del paisaje le abofetee a uno con más fuerza.

Subimos a la cubierta del M/S Orca, el barco que nos va a llevar fiordo adentro siguiendo las estelas de las embarcaciones pesqueras. Hace frío afuera. Menos 8 grados. Las veinte capas de ropa con las que nos hemos pertrechado antes de subir a la nave siguen sin parecer suficientes. “Culpa del viento”, nos dice el capitán. “Estamos a 8 bajo cero. Esto no es frío”. Aunque refunfuñemos, tiene razón. De hecho, por extraño que parezca, en las Lofoten las temperaturas son bastante benignas en relación con la latitud a la que nos encontramos. Las aguas cálidas del Golfo de México llegan hasta aquí impulsadas por la corriente, y eso provoca un calentamiento en todo el archipiélago. El mercurio rara vez baje de los 11 ºC bajo cero en invierno, un tiempo tropical si tenemos en cuenta que en el interior de Noruega, en línea recta, pueden estar a menos 20. Todo un lujo para nosotros. Y para el Skrei, que baja hasta aquí cada año buscando, precisamente, eso: aguas más reconfortantes para el desove. Reconfortantes para un bacalao, se entiende, porque son letales para un humano equipado de fábrica con sus ridículas dermis y epidermis. Por eso viajamos enfundados en trajes de agua de supervivencia. Monos gruesos que retrasan la hipotermia en caso de caída al agua. “Normalmente mueres en 15 minutos. Con los trajes, en 25”. Sin duda, nuestro capitán sabe como tranquilizar a la tripulación.

Abordamos la nave del pescador Kjell Ingebriktsen. Como muchos otros, zarpa a diario a bordo de su pequeña embarcación, de no más de diez metros. Le acompañan su hijo y un primo de éste. Trabajan los tres a destajo: suben las redes, liberan al bacalao con ayuda de un cuchillo y lanzan el pescado a un contenedor de plástico. En las lonjas, a partir de las cinco de la tarde, se encargarán de limpiarlo, despiezarlo, empaquetarlo y distribuirlo. En cuatro días llegará a España a bordo de camiones refrigerados. Kjell y sus chicos llevan pescados 2.000 kg de Skrei en lo que va de mañana. “Los niveles de captura en esta temporada son óptimos”, nos cuenta nuestro pescador. “El mejor año fue el 47, y estamos en unas cifras similares”. Pese a que la temporada va viento en popa, la Administración noruega no permite que el número de capturas se descontrole y registra exhaustivamente la cantidad de pescado que cada día las embarcaciones transportan a las factorías de despiece. “Está todo muy estipulado. El máximo por año y embarcación son 40.000 kg. Ahí hay que parar”, afirma Kjell. A escasos 400 metros, un pesquero de mayor envergadura levanta las pesadas redes mientras contamos el número de piezas que se deslizan por su costado: uno, dos, tres… el ritmo es constante, mucho mayor que el de las naves más pequeñas, donde la pesca se realiza a mano, con sedal.

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A media tarde, los estibadores del puerto suben al muelle los contenedores con las capturas del día y arranca así la faena en tierra firme. Es hora de hacer recuento y preparar el producto. Un operario maneja la grúa y apila sobre el cemento del muelle las cajas de acero. El suelo de este lugar no es apto para estómagos sensibles. El terreno que pisamos está formado por un inquietante manto crujiente de nieve roja (advertencia para fotógrafos: queda muy bien en cámara, pero si por accidente apoyan la mano en ella se llevarán su olor hasta la tumba). Dentro de la factoría de la familia Riksheim decenas de bacalaos se apilan frescos y sin despiezar, a la espera de que los trabajadores divididos por equipos se encarguen de aprovechar al máximo todo el producto. Y en el caso del bacalao ocurre, un poco, como en España con nuestro queridísimo cerdo: se aprovecha todo. Carne, hígado, tripas, huevas, cabeza y cocochas. El despiece de esta última parte del pescado viene profundamente marcada por la tradición ancestral. La costumbre dicta que sea los niños, y sólo ellos, los encargados de arrancar las cocochas y comercializarlas a su antojo. Los chavales se organizan como profesionales y logran embolsarse varios cientos de euros al mes.

A pocos metros de esta lonja, en un local al que se accede por una escalera exterior, se encuentra el Full Steam, un museo que rinde tributo a la pesca del bacalao y en donde pueden degustarse, entre otros platos, unas suculentas cocochas fritas rebozadas en harina (no alcanzan la perfección de la salsa bolognesa, pero se acercan mucho). Kalle Mentzen es el impulsor y responsable de este local ambientado con instrumental de navegación, antiguos aperos de estibadores e incluso una réplica de una catedral del bacalao, esas construcciones hechas con listones de madera en donde se secan a la intemperie las piezas limpias. Pese a que jamás se ha dedicado a él, Kalle ama este oficio y todo lo que tiene relación con la pesca del bacalao. Es por ello que se muestra preocupado ante las noticias que llegan desde Oslo. “El Gobierno está decidido a hacer prospecciones petrolíferas en esta zona. Dicen que no va a afectar a la ruta migratoria del Skrei, pero en realidad eso no lo sabe nadie. Yo preferiría no arriesgar. Deberíamos preocuparnos más por cuidar lo que tenemos, que es un inmenso tesoro, y que además nos visita cada año sin que nosotros hagamos nada. Pero el dinero… es el dinero”, sentencia Kalle con resignación.

En una de las habitaciones del Full Steam hay una pequeña fábrica de aceite de hígado de bacalao. Una vez dentro lo inevitable se hace realidad: Kalle saca vasos y nos invita a brindar con este brebaje inventado en el siglo XIX por un farmacéutico del pueblo de Å, también en las Lofoten. Al señor Peter Moller -así se llamaba- le debemos que durante generaciones los niños de medio mundo hayan crecido aterrados ante la imagen de una madre sosteniendo un vaso de este líquido viscoso. El propio Kalle admite que de pequeño no lo soportaba. Pese a todo, alza su vaso y brinda deseando que el año que viene el Skrei acuda una vez más a su cita con las Lofoten. Como ha hecho siempre.

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Lonely Planet Traveller (hard copy) August, 2013 PDF