Tokio

Shunga: porno sin vergüenza en el Japón del siglo XVIII

Es imposible saber exactamente lo que sentía una japonesa del siglo XVIII al contemplar a escondidas un libro de estampas Shunga. Frente a sus ojos, en el papel, un hombre y una mujer follan semidesnudos mientras otras cinco mujeres se masturban alrededor de la pareja.

Imagino el rubor en su cara, un cosquilleo en la barriga, una risa sofocada, el repentino miedo a ser descubierta, y una urgencia irrefrenable por acercar una mano a su sexo. Pero quién sabe. Quizás sólo estuviera descojonando de risa.

Desde nuestra perspectiva, los dibujos japoneses del género Shunga (春画) –también conocidos eufemísticamente como dibujos de almohada o dibujos de primavera– sirven para lo que sirve el porno: estimular sexualmente al espectador. Estas escenas representan, en efecto, un evidente canto al gozo sexual.

Una celebración desenfadada del juego erótico, tanto entre personas de diferente sexo como del mismo, de manera directa y visceral. En donde la mujer disfruta tanto como el hombre y en el que caben desde la masturbación, los tríos y el sexo anal, hasta las orgías, la zoofilia y el uso de harikatas (dildos). En escena aparecen tipos que arrastran falos gigantes, pollas y coños dibujados con todo lujo de detalles y damiselas en kimono que ocultan con delicadeza algunas partes de su cuerpo, pero que exhiben abiertamente sus vaginas, a menudo chorreantes.

Tomemos, por ejemplo, la obra paradigmática del género: El sueño de la esposa del pescador. En esta escena pintada por Katsushika Hokusai en 1814, un pulpo amarra a la protagonista con sus tentáculos y lleva al éxtasis a la mujer mediante un impecable cunnilingus, mientras un segundo cefalópodo la sujeta por la boca. En el texto que acompaña la obra es la propia esposa del pescador quien despeja cualquier duda sobre la pericia de su amante:

«¡Ay! Este pulpo odioso fu, fu, fu, fu… más bien aa, aa… chupando la piel de la boca interior de mi útero hasta dejarme sin aliento, aa, eee, ¡que me corro! Con su boca prominente. Con su boca prominente mi vagina abierta provoca. Oh! Oh! Are, are… ¿Qué hacer? Aa, yoo, oo, oo, oo, ooo, aaree, oo, oo, bien, bien, oo, bien, bien, bien, haa, aa, bien, bien, haa, bien, fu, fu, fu, fuu, fuu. ¡De nuevo! Yoo, yoo, yoo, yoo».

Miles de japoneses y japonesas se masturbaron usando este y otros tantos dibujos. Y pese a la innegable carga erótica, las obras intentaban ir más allá de la simple estimulación sexual.

Sabemos que también se usaron como amuletos entre los guerreros, como recuerdo de visita en los burdeles o como manual didáctico para prostitutas y, más tarde, recién casados. Muy a menudo, simplemente se usaron como meros pasatiempos con los que echarse unas risas (los textos que, como en la escena de Hokusai, solían acompañar a los dibujos eran esenciales para comprender el contexto y el significado).

El Shunga se ocupó durante décadas de entretener al personal de un Japón cerrado a cal y canto, sin apenas contacto con el mundo exterior. Y la comedia entretiene. Y si es subversiva, más. Una escena de cuernos, una sátira sobre una leyenda tradicional, las intrigas amorosas de un famoso samurái. Y, por supuesto, dardos contra la religión (el monje lascivo era un personaje recurrente en muchas de las escenas populares).

Es, precisamente, esa crítica sutil que busca burlarse de las costumbres culturales de la época lo que provocó que este género pictórico se viera perseguido por la censura durante buena parte de su historia y fuera repudiado incluso ya en el siglo XX. Las quejas venían de la parte alta de la pirámide social de aquel Japón regido por las estrictas normas del confucionismo y por las decisiones de una élite militar, que, más que el sexo explícito, lo que no podían consentir era esa actitud subversiva.

A todo esto, el resto de escalafones en la pirámide –los comerciantes, los burgueses urbanitas, los artesanos– no paraba de pedir más material. Obviamente, editores y artistas respondían cebando a la demanda tanto como podían, dijera lo que dijera el censor de turno. O, al menos, así fue durante un tiempo.

Pornografía para masas

El consumo de arte erótico era común entre las clases altas japonesas desde hacía siglos. Lo extraordinario es que esas estampas llegaron a colarse de manera natural en los hogares de las clases más populares. El cambio tiene lugar a mediados del siglo XVII, cuando Japón –y en particular Edo (la actual Tokio), Kioto y Osaka– experimenta una época de énfasis en la alfabetización de la sociedad, que coincide con una demanda de lecturas, el desarrollo de la xilografía y el boom de los editores.

Con la llegada de la era Edo (1603-1868) el país había comenzado un largo período de paz. Paulatinamente crece la burguesía urbana y, por primera vez, los placeres terrenales parece que no están reservados solo a los poderosos. La vida hedonista se convierte en una opción. En lugares como Edo, por ejemplo, los hay que trabajan únicamente para dejarse el sueldo entre burdeles, casas de té y teatros de Kabuki. Y mañana ya veremos.

En medio de esa irrefrenable joie de vivre, los editores y los pintores encuentran su nicho perfecto. Primero desarrollan un género artístico denominado pinturas del mundo flotante o Ukiyo-e destinado a ciudadanos con insuficientes recursos como para poderse comprar una pintura original y en el que se plasman escenas de la vida urbana, del entretenimiento, y también temáticas paisajistas. Hishikawa Moronobu es uno de los pioneros del Ukiyo-e, del que tomarán el relevo posteriormente artistas como Suzuki Harunobu, Torii Kiyonaga, Kitagawa Utamaro y el propio Katsushika Hokusai (el del pulpo y la esposa del pescador).

El germen de las pinturas pornográficas Shunga nace, precisamente, del Ukiyo-e. De hecho, el Shunga no se entiende sin el Ukiyo-e. Los mismos pintores que hoy dibujaban un paisaje bucólico la semana siguiente se centraban en una escena porno entre un monje y un joven. Hokusai, por ejemplo, igual se dedicaba a plasmar 36 estampas diferentes del Monte Fuji como a describir un polvo íntimo entre un hombre y una mujer mientras una voyeur se masturba agazapada tras la puerta.

Prácticamente todos los artistas dedicados a la impresión xilográfica tocaron ambos palos durante toda su vida, incluso cuando las autoridades prohibieron la producción de dibujos pornográficos. Simplemente dejaron de firmar las obras, pero la venta continuó underground. De hecho, se calcula que en el momento de máxima popularidad, la mitad de la producción de Ukiyo-e era pornográfica.

Arte sucio bajo la alfombra

Mientras en los burdeles de Edo (el actual Tokio) las prostitutas se nutrían de nuevas técnicas a través de libros Shunga, al otro lado del mundo, en la Europa del Renacimiento, el parlamento de Toulouse condenaba al italiano Lucilio Vanini a que se le cortara la lengua y a ser estrangulado y quemado en la hoguera por defender que los seres humanos evolucionamos de los monos. Como en Japón, Europa también vivía bajo la influencia de un poder religioso y el gobierno de unas élites –aquí en forma de clanes monárquicos–, y, sin embargo, resulta tétrico imaginar, en ese contexto, a un impresor de Núremberg, por ejemplo, poniendo en circulación un libro con imágenes de gente, ya no follando, sino simplemente en actitud erótica.

El origen del contraste entre la laxitud japonesa y el férreo control del cristianismo sobre un mismo tipo de arte hay que buscarlo, seguramente, en la manera en que cada una de estas religiones entienden la vida. A raíz de la exposición Shunga: Sex and Pleasure in Japanese Art en el British Museum de Londres, la periodista Katie Engelhart explicaba en este artículo del The Guardian cómo las primeras estampas de Shunga que llegaron a Inglaterra a principios del XVII escondidas en los barcos de la Compañía Británica de las Indias Orientales fueron inmediatamente quemadas por los propios oficiales de la compañía en cuanto se percataron de su existencia (y contenido).

Acto seguido Engelhart se pregunta: «Si convenimos que tanto moralidad como estética son moldeadas por la cultura, y que no son ni universales ni constantes, ¿es posible entonces que el Shunga pueda ser arte en Japón y al mismo tiempo porno en Inglaterra?».

El caso es que el Shunga dejó de considerarse arte y se empezó a perseguir en su propio país. A lo largo de su historia, los diversos gobiernos japoneses intentaron poner freno a la producción y distribución de pornografía a través de reglamentos cada vez más duros. En 1722, en 1791 y en 1841 se promulgaron leyes específicas contra el Shunga. En el siglo XIX, las estampas eróticas ya no eran un producto de masas y el golpe final llegaría en 1868, cuando se instaura la era Meiji.

La nueva élite al poder inicia programas de modernización e industrialización del país emulando al estilo occidental. Japón empieza, entonces, a mirar la pornografía con los mismos ojos que Europa y poco a poco desaparece la producción. Pero ahí no acaba el estigma: durante el siglo XX, el arte Shunga fue repudiado y borrado de la memoria popular japonesa y condenado a convertirse en tabú. Barrido bajo una alfombra de vergüenza.

Un género a reivindicar

Solo desde hace relativamente poco Japón ha comenzado a sacar del ostracismo los trabajos eróticos de Shuncho, Koryusai, Eisen, Hokusai o Utamaro. Las estampas de estos artistas fueron fundamentales para definir el estilo posterior de los creadores de manga o anime, o el de los tatuadores wabori, o el de fotógrafos como Iwase Yoshiyuki o Daikichi Amano. Y qué decir de su influencia en artistas como Rodin, Toulouse-Lautrec y Félicien Rops. O en Picasso y Monet, que atesoraban colecciones enteras de Ukiyo-e.

Semejante producción artística no puede permanecer bajo llave eternamente. Y en Japón han empezado a reaccionar. En 2015 se celebró en el Museo Eisei Bunko de Tokio la primera exposición de Shunga del país (aunque después de ser rechazada por diez entidades). Antes de la inauguración, el director del museo y ex primer ministro del país, Morihiro Hosokawa, hablaba a la prensa sobre la necesidad de romper con el tabú que arrastra el Shunga: «Las pinturas están ampliamente disponibles para coleccionistas», decía Hosokawa. «No es lógico, pues, que se prive a los amantes del arte de una oportunidad de ver los trabajos originales». El Shunga es mucho más que pornografía. Es sexo explícito, pero es humor, ternura y delicadeza.

Pese a ello, el tabú sigue vivo, y no solo en Japón. Cuando el British Museum trajo a Londres la exposición Shunga: Sex and Pleasure in Japanese Art en 2013, hubo quienes torcieron el gesto ante la idea de ver expuesta en el museo semejante colección de polvos impúdicos. La periodista británica inglesa Joan Bakewell indicó entonces la necesidad de aproximarse a este arte «sin el prejuicio cultural occidental», con una mirada despojada de nuestra tradición, «para así colocarnos en la mentalidad de aquellos que dieron a luz al Shunga y disfrutaron de él».

Quizás, como dice Bakewell, resulte imprescindible deshacerse de todo ese lastre con el que viajamos para que finalmente logremos entender que estamos, simplemente, ante un mundo de belleza. Una belleza en donde no cabe ni la culpabilidad, ni la vergüenza ni la hipocresía.

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Yorokobu (online) February, 2018 www.yorokobu.es

La unidad mínima de belleza

Fragmentos de polvo aglutinados unos junto a otros sobre una tabla de madera de álamo. En esencia, eso es La Gioconda. Partículas diminutas de óxido de hierro y carbón mezcladas en grasa animal y adheridas a roca caliza. En esencia, eso es la manada de bisontes de Altamira. Minúsculas motas suspendidas en aceite y aplicadas sobre un lienzo de 84 x 152 cm. Eso es, en esencia, Nighthawks de Hopper.

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Pigment

En la isla de Tennozu, a orillas de la bahía de Tokio, hay un lugar donde aún se venera la manera tradicional de elaborar color. Se llama Pigment. Tiene aspecto formal de tienda de material de bellas artes, pero su espíritu es mitad museo mitad laboratorio académico. Venden pinceles, papel, pintura. Aquí se custodia el pasado.

Música:
Kenny Segal – Procrastination | Majestic Color
https://www.youtube.com/watch?v=PrB2FFM8MgU&vl=de

La cosecha en la oficina

Ya son cerca de 2.000 millones las personas que viven en ciudades. El enjambre se ha convertido en el hábitat natural de gran parte de la población del planeta. Y la tendencia continuará. Se calcula que para 2050, el 66% de los 9.000 millones de habitantes del planeta vivirá en núcleos urbanos.

Las metrópolis sirven de refugio, pero a cambio se cobran su precio: pese a que solo suponen el 5% de la superficie terrestre, son las responsables del 70% de la factura de la luz y de un porcentaje similar de emisiones de gases de efecto invernadero cada año. El hombre moderno necesita el enjambre, algunos incluso lo aman, pero su consumo de recursos es, desde hace tiempo, descontrolado y a todas luces insostenible.

En la vorágine depredadora de cualquier ciudad —lo mismo en Chicago que en Casablanca, en Barcelona que en Bombay— el suministro de alimentos se lleva la palma en lo que a degradación medioambiental se refiere. Hasta hace no mucho tiempo, el ser humano se alimentaba de los vegetales y animales que se producían en su entorno cercano. Hoy, ya prácticamente nada de lo que un ciudadano se lleva a la boca tiene su origen en un trozo de tierra o mar próximo a él. El sistema moderno de producción y distribución alimentaria hace que los tomates que se exhiben en la estantería de un supermercado de barrio hayan tenido que recorrer 2.000 km en camión hasta llegar allí. O que aguacates hayan sido cosechados antes de alcanzar la madurez para meterlos en cámaras frigoríficas rumbo al otro lado del Atlántico, donde terminan en una ensalada.

Distancias enormes y un ingente gasto energético, a los que hay que sumar el consumo de agua, los pesticidas, los herbicidas, los fungicidas, el almacenamiento, el procesado, el empaquetado y la distribución. Y así se llega a datos tan alarmantes como que una cuarta parte de las emisiones producidas por humanos en los países industrializados se deriva de lo que comen. ¿Es este negocio sostenible? No lo parece. ¿Eficiente? Para los ciudadanos, desde luego que no.

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Cómo funcionará esto en 2050 —o en 10 años, sin ir más lejos— es una pregunta inquietante, con respuestas que pueden tender hacia el optimismo prudente o hacia la más absoluta desesperación. La historia enseña que el hombre acaba por ingeniar soluciones para salir de sus propios entuertos, pero quién sabe. En cualquier caso, la innovación científica tiene habitualmente la llave. En un mundo vertebrado por metrópolis superpobladas, donde cada vez es más evidente que el actual sistema de producción alimentario contribuye al cambio climático, a la pérdida de especies y al empeoramiento de la calidad del agua y el aire, la tecnología y los cambios de hábitos deben salir al rescate.

En Tokio (Japón) —la urbe más grande del planeta con 38 millones de habitantes— la empresa de consultoría y recursos humanos Pasona Group trabaja desde hace más de una década en buscar soluciones para el sector de la agricultura. Su sede central se encuentra en el corazón del distrito financiero de Chiyoda, en un edificio de nueve plantas forrado de vegetación y en cuyo interior los empleados conviven con huertos de todo tipo. Desde arrozales hasta tomateras colgantes, desde plantaciones tradicionales de quinua hasta campos de lechugas que no necesitan tierra.

En sus cerca de 20.000 metros cuadrados de oficinas, el Urban Farm —del inglés “granja urbana”, que es como la empresa ha bautizado al edificio— dedica 3.995 metros cuadrados (un 20% de las instalaciones) a espacios verdes. Pero no se trata de un recurso decorativo. Aquí los cultivos comparten salas de reunión, pasillos y mesas de trabajo con los empleados. Más de 200 especies de plantas, frutales, hortalizas y verduras que los trabajadores de Pasona Group cuidan con la ayuda de un equipo de expertos, y que brotan en un oasis verde entre asfalto, acero y cristal, en pleno barrio financiero de la ciudad más grande del mundo. Un símbolo, un gesto, que sin embargo marca las posibles líneas a seguir para construir las ciudades sostenibles del futuro. Obviamente, en la cafetería de la empresa, las ensaladas no pueden ser más frescas.

Más allá de la decoración

Motonobu Sato es el máximo responsable de la división de agricultura urbana de la compañía. Recibe al periodista en el mostrador principal del Urban Farm, en la planta baja. Todo está recubierto de madera sin pulir, cuelgan calabazas del techo, la iluminación es artificial, la temperatura agradable y suena una melodía de piano por el hilo musical. Un robot humanoide se desliza en silencio y suelta en voz alta lo que parece ser un mensaje de bienvenida. “Este es Pimiento”, dice Sato mientras dedica una sonrisa al robot. “Trabaja de guía para visitantes”.

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Pasona Group tiene una trayectoria de décadas de trabajo con los recursos humanos y la consultoría, pero desde 2003 apuesta además por buscar soluciones para la agricultura nipona, un sector que apenas despierta interés entre los jóvenes. El Urban Farm, su cuartel general, fue diseñado a conciencia con el objetivo, precisamente, de que se convirtiera en símbolo de la agricultura más experimental. “La empresa intenta encontrar soluciones que mejoren la vida de las personas”, explica el directivo. “Queríamos que la naturaleza y los trabajadores cohabitaran en una simbiosis perfecta en un entorno diseñado sobre tres conceptos: la agricultura, un espacio de trabajo saludable y una oficina ecológica”.

Con ese objetivo, la empresa compró en 2010 un antiguo edificio de oficinas y le encargó a la firma Kono Designs que ideara la forma de transformar el bloque de 9 plantas en un moderno cubo con jardín vertical en el exterior, zona verde en la azotea y diferentes huertos interiores integrados en la estructura del edificio. La vegetación no podía ser algo accesorio, sino más bien el vínculo entre las personas, el edificio y la naturaleza. El resultado es un espacio de trabajo en el que crecen hasta 200 especies diferentes de plantas, con un sofisticado sistema de control de riego, temperatura e iluminación, en el que los oficinistas conviven con tomates, berenjenas, melones, perejil, rosas e incluso arroz.

Según Sato, los tres conceptos sobre los que se cimentó el proyecto se cumplen a la perfección. Está presente la agricultura —“experimentamos los últimos sistemas para el cuidado de los productos” — en un espacio de trabajo saludable — “el entorno verde fomenta un ambiente más relajado y los trabajadores pueden comer productos frescos del edificio” — y ecológico — “la cortina verde exterior reduce el gasto energético y, además, usamos iluminación de bajo consumo para el crecimiento de las plantas” — explica el responsable. Urban Farm también cuenta con un sistema de climatización inteligente que monitoriza la humedad de las salas, su temperatura e incluso la brisa (hay cultivos, como el arroz, que necesitan cierto movimiento entre las espigas para un correcto crecimiento).

Un símbolo para concienciar

Allá donde mire el visitante, siempre ve algo en crecimiento. El vestíbulo principal, un espacio de 90 metros cuadrados, se utiliza para cultivar arroz de Aomori. Cada año se cosecha tres veces, con un rendimiento de 50 kg por cosecha. No lejos de allí, en una sala de invitados con sofás y plasma, el techo está cubierto por una reja de la que cuelgan tomates. Al lado, otro espacio forrado de madera e iluminado por potentes lámparas tiene un huerto de quinua en el centro.

A través de un pasillo se llega a una habitación acristalada que deja ver lo que parece un laboratorio de cultivo de lechugas. Multitud de fluorescentes especiales iluminan las 24 horas estas plantaciones hidropónicas, en donde los brotes de lechuga crecen solo con la ayuda del agua, sin necesidad de tierra. “Gracias a la iluminación y a la forma de nutrir la planta conseguimos lechugas en 45 días, cuando en el exterior se tarda entre 50 y 60”, explica Sato.

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En el piso superior hay varias mesas a lo largo de un espacio diáfano que los distintos equipos aprovechan para reunirse. Cuando lo hacen, de sus cabezas cuelgan tomates y calabazas, y en uno de los laterales una extensa pared de madera se ha convertido en huerto de hierbas aromáticas. “Algunos trabajadores recogen productos y se los llevan para consumir en casa. Es algo habitual”, asegura el responsable de la división de agricultura urbana. Los propios empleados —guiados por expertos— se encargan del cuidado de ciertos cultivos, y en la cafetería el menú del día incluye siempre productos frescos del Urban Farm.

Desde la empresa explican que el edificio es un símbolo del trabajo que realizan en el sector agrícola japonés. Un proyecto que pretende conectar a las generaciones más jóvenes con la agricultura, concienciar sobre las posibilidades del binomio agricultura-tecnología y ayudar a las comunidades locales de agricultores. Como en muchos países industrializados, en Japón el mundo rural muere lentamente sin que los habitantes de las ciudades apenas se percaten. Mientras haya comida en el supermercado, todo está bien. Pocos se preguntan quién ha producido ese alimento y cómo ha llegado hasta allí. Las urbes viven de espaldas al mundo rural. El Urban Farm pretende darle la vuelta: quiere traer el campo a la ciudad.

El ser humano lleva 10.000 años domesticando plantas. Son 100 siglos de experiencia que, sin embargo, no han servido para mejorar la eficiencia de los cultivos ante los retos que plantea el mundo actual. La producción es altamente ineficiente. Por eso, proyectos de agricultura urbana como el Urban Farm de Pasona Group —y otros como el del japonés Shigeharu Shimamura o el de los suizos de Urban Farmers— pueden servir para poner patas arriba los métodos tradicionales de cultivo y abrir la senda hacia un modelo alternativo.

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El País (online) March, 2016 El País