noruega

Síntesis en bronce, granito y hierro

Vigeland Park

Al oeste de la ciudad de Oslo, en el Vigeland Park, 200 esculturas de bronce, granito y hierro habitan impasibles a los pronósticos del hombre del tiempo. Simplemente les da igual. Fueron creadas para transmitirnos los sinsabores de la vida y algunas de las pequeñas satisfacciones que endulzan nuestra existencia. El capricho de las nubes no afectan un ápice al mensaje que el escultor noruego Gustav Vigeland encapsuló bajo la piel de estos niños, hombres, mujeres y ancianos, cuya expresión desgrana sin tapujos momentos vitales de cualquier humano: desde el nacimiento hasta el primer amor, desde la creación de una familia hasta la vejez. Los rostros de estos seres vivos hablan sin sonidos. En sus gestos y muecas se filtran palabras como cariño, ira, apatía, felicidad, auxilio, compasión.

Vigeland dedicó toda su vida a dar forma a esta idea. Hoy, su obra –completada en 1949– es una de las más visitadas en la capital de Noruega. (+)

Esperando al nómada

Pese a la apariencia inhóspita del mar que rodea al archipiélago de las Lofoten bajo sus aguas la vida bulle. Durante seis semanas al año aquí se pesca el bacalao más cotizado del mundo. Le llaman Skrei, el nómada.

Hay lugares donde debería ser de obligado cumplimiento llegar cuando el sol ya se ha escondido. Como una especie de Ley sagrada del tipo “prohibido entrar antes de las 22 horas. Se castigará con severidad”. Y que las autoridades repatriaran inmediatamente al osado visitante que se saltara la reglamentación. O peor, que le perdieran el equipaje ad eternum (“Te quedas sin anorak ni bufanda, por antisistema”). Lofoten, en el norte de Noruega, debería ser, sin duda, uno de esos lugares. A este archipiélago salpicado de decenas de picos nevados que se despeñan sobre el océano ártico hay que llegar con noche cerrada. Al amanecer del día siguiente sus ojos lo agradecerán. Se lo aseguro. Aunque también les digo otra cosa: si vuelan desde España, no se obsesionen mucho con este requisito. El lugar está tan al norte que difícilmente llegarán de día.

Hay que subir a una latitud de 68 º norte, rebasando el Círculo Polar Ártico; o lo que es lo mismo, mover el dedo hasta la misma altura que Alaska o Groenlandia encima de un mapa. Uno llega aquí por dos razones: porque le apetece o porque se ha desorientado muchísimo. No hay término medio. Esto último es lo que le sucedió al marinero veneciano Piero Querini en 1432. Viajaba junto a otros 68 hombres rumbo a Flandes, desde Italia, con una carga de productos para el comercio. El mal tiempo les sacó de la ruta y les dejó sin timón y a merced de las corrientes, que poco a poco les fueron empujando hasta las Lofoten. Al final, 16 hombres, entre ellos Querini, tocaron tierra y sobrevivieron al hambre y la deshidratación gracias a los pescadores de la isla de Røst, que les ofrecieron abrigo y todos los víveres de los que disponían; o sea, desayuno, comida y cena a base de bacalao seco. Tras un viaje demoledor, a los maltrechos hombres el menú les supo a música celestial. De hecho, el propio Querini reconoce en su diario que comieron “durante cuatro días sin parar, hasta estar llenos”. Tras cinco meses en las Lofoten -y con la sangre rebosante de fósforo y potasio- los italianos iniciaron el regreso a casa; y una vez en Venecia, Querini se encargó de explicarle al mundo quiénes eran y cómo vivían aquellos hospitalarios habitantes de la isla de Røst que les habían salvado de una muerte segura: “Los isleños, un centenar de pescadores, viven en una docena de casas redondas, con un agujero en el techo y cubiertas de piel de pescado”, cuenta en su diario. “Pescan durante el año una innumerable cantidad de peces (…) su único recurso (…) que transportan luego a Bergen para venderlo”. Es evidente que hoy en día naufragar en las Lofoten sería una experiencia mucho más agradable que la que vivieron aquellos marineros italianos. En los techos de las casas ya no hay escamas, y la calefacción, el satélite y el wifi son tresos armas nuevas e infalibles para combatir al desánimo en los meses de invierno. Sin embargo, todavía hay rasgos de la tradición del archipiélago que se mantienen intactos -o casi- desde tiempos inmemoriales. Y la pesca del bacalao es, sin duda, uno de ellos.

El tesoro más preciado de las Lofoten está bajo el agua. Muchos noruegos les dirán que ese tesoro es negro, viscoso y que recibe el nombre de petróleo. Pero para los pescadores del archipiélago, el cofre de los doblones nada tiene que ver con unos hilillos de plastilina, sino más bien con el bacalao. El mar ha sido tradicionalmente la fuente de ingresos de los habitantes del archipiélago. Existe algo de ganadería, pero lo abrupto del terreno, con macizos puntiagudos que ascienden hasta los 1.000 metros de altura, y la presencia perenne del Océano Ártico han moldeado los hábitos comerciales de sus habitantes hacia la pesca, en concreto la captura y comercialización del bacalao, y su especie rey: el Skrei. El preciado botín -cuya traducción del noruego antiguo es ‘nómada’- acude cada año desde Rusia para desovar en las Lofoten. Siempre puntual, a finales de febrero, para desaparecer en abril, de nuevo rumbo norte, hacia el Mar de Barents. Son seis semanas de trabajo que los pescadores de las islas viven intensamente, así como el resto de la comunidad, incluyendo a los más pequeños.

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Como suele ser habitual en pueblos insulares, la tradición está marcada a fuego en aquellos habitantes que aún viven de la pesca. Poco a poco, el turismo ha ido imponiéndose como principal actividad económica en las islas; pero para aquellos que aún trabajan en la cubierta de un barco o en las lonjas, la pesca del Skrei sigue generando un profundo respeto, tanto por el animal como por las tradiciones que rodean a su captura y que se transmiten de generación en generación desde hace 6.000 años, fecha en la que se calcula que el hombre llegó a estas costas para quedarse. Y si se quedó entonces fue, precisamente, por la abundancia de pescado y no tanto por un paisaje que a nosotros, hoy, nos resulta espectacular.

Pero de momento, ni rastro de ese paisaje mágico. Estoy en el interior de un monovolumen, en el asiento del copiloto, circulando por una carretera estrecha, nevada, a tramos helada y casi a oscuras -la manía de llegar de noche a los sitios-. “¡Tranquilo, los neumáticos llevan clavos!”, me grita a mi izquierda el conductor, seguramente alertado por mis dedos, que a estas alturas del trayecto están incrustados centímetro y medio en el salpicadero del coche. Viajamos rumbo a Henningsvær, uno de los pueblos pesqueros más importantes de Lofoten. Situado en Austvågøya, la más grande de las siete islas principales que conforman el archipiélago, Henningsvær vive en esta época por y para la pesca del Skrei. Es un pueblo pequeño, de apenas 500 personas. Los vecinos se conocen todos y se saludan por el nombre. Pese a que hoy en día la hostelería ocupa buena parte del negocio, durante los meses de invierno la temporada de la pesca genera una actividad efervescente en el pueblo.

Si en algún sitio me pueden explicar el por qué de la fama internacional de este pescado es aquí. Vaya por delante que mis conocimientos gastronómicos son bastante limitados. Digamos, para entendernos, que para mí la evolución del arte culinario empieza y acaba en la pasta con salsa bolognesa; así que -como entenderán- no me veo capacitado para dar un veredicto acerca de si el Skrei es o no el bacalao más exquisito del mercado. Más allá de las campañas de márqueting, de lo que no cabe duda es que la enorme distancia que debe recorrer el animal hasta llegar al archipiélago hace que su carne sea más consistente y con una textura más firme que la del resto de variedades. Digamos que son bacalaos fibrados. Auténticas sílfides bacaladeras.

 

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Al día siguiente, cuando aún no son las 6 de la mañana, en la bocana del puerto de Henningsvær comienza el incesante goteo de embarcaciones que parten a faenar. Las hay pequeñas, prácticamente unipersonales, y otras más grandes, dedicadas a la pesca industrial. Decenas de naves que a esta hora de la mañana desfilan en procesión por el pasillo de agua que discurre entre las dos riberas del puerto, separadas por algo más de 50 metros, sobre el muelle de las cuales se levantan adosadas viviendas de dos y tres alturas, de madera, pintadas en blanco -la mayoría- o en grana. El sol se asoma tímido y comienza a aplicar sin prisa brochazos de luz encarnada sobre las laderas nevadas de las montañas que hacen de telón de fondo a la estampa portuaria. La banda sonora es escasa: el traqueteo monótono de los motores diésel de los barcos; el graznido de las gaviotas al paso de los pesqueros; y, casi imperceptiblemente, el sonido de las quillas al cortar el agua. Apenas se oye algo más. No hay coches, ni maquinaria, ni vocerío, y la nieve que descansa esta mañana en el suelo y en las laderas del pueblo amortiguan cualquier otro sonido. Desde uno de los muelles de atraque alzo la vista hasta el final de la bocana del puerto, allí donde los mástiles de los barcos desaparecen a medida que se adentran en las aguas del Vestfjord, el fiordo que separa las islas de la tierra continental. Observando el horizonte, a uno le sorprende la altura de los macizos rocosos -¿de dónde demonios han salido esas moles?-, y la paleta de colores que elige un sol perennemente bajo: azul intenso para cielo, blanco puro para la nieve, negro para el agua. La estampa es entre alpina y ártica. Algo extraño, pero de belleza hipnótica. Me reafirmo: hay que llegar a este lugar de noche para que, por la mañana, la fuerza del paisaje le abofetee a uno con más fuerza.

Subimos a la cubierta del M/S Orca, el barco que nos va a llevar fiordo adentro siguiendo las estelas de las embarcaciones pesqueras. Hace frío afuera. Menos 8 grados. Las veinte capas de ropa con las que nos hemos pertrechado antes de subir a la nave siguen sin parecer suficientes. “Culpa del viento”, nos dice el capitán. “Estamos a 8 bajo cero. Esto no es frío”. Aunque refunfuñemos, tiene razón. De hecho, por extraño que parezca, en las Lofoten las temperaturas son bastante benignas en relación con la latitud a la que nos encontramos. Las aguas cálidas del Golfo de México llegan hasta aquí impulsadas por la corriente, y eso provoca un calentamiento en todo el archipiélago. El mercurio rara vez baje de los 11 ºC bajo cero en invierno, un tiempo tropical si tenemos en cuenta que en el interior de Noruega, en línea recta, pueden estar a menos 20. Todo un lujo para nosotros. Y para el Skrei, que baja hasta aquí cada año buscando, precisamente, eso: aguas más reconfortantes para el desove. Reconfortantes para un bacalao, se entiende, porque son letales para un humano equipado de fábrica con sus ridículas dermis y epidermis. Por eso viajamos enfundados en trajes de agua de supervivencia. Monos gruesos que retrasan la hipotermia en caso de caída al agua. “Normalmente mueres en 15 minutos. Con los trajes, en 25”. Sin duda, nuestro capitán sabe como tranquilizar a la tripulación.

Abordamos la nave del pescador Kjell Ingebriktsen. Como muchos otros, zarpa a diario a bordo de su pequeña embarcación, de no más de diez metros. Le acompañan su hijo y un primo de éste. Trabajan los tres a destajo: suben las redes, liberan al bacalao con ayuda de un cuchillo y lanzan el pescado a un contenedor de plástico. En las lonjas, a partir de las cinco de la tarde, se encargarán de limpiarlo, despiezarlo, empaquetarlo y distribuirlo. En cuatro días llegará a España a bordo de camiones refrigerados. Kjell y sus chicos llevan pescados 2.000 kg de Skrei en lo que va de mañana. “Los niveles de captura en esta temporada son óptimos”, nos cuenta nuestro pescador. “El mejor año fue el 47, y estamos en unas cifras similares”. Pese a que la temporada va viento en popa, la Administración noruega no permite que el número de capturas se descontrole y registra exhaustivamente la cantidad de pescado que cada día las embarcaciones transportan a las factorías de despiece. “Está todo muy estipulado. El máximo por año y embarcación son 40.000 kg. Ahí hay que parar”, afirma Kjell. A escasos 400 metros, un pesquero de mayor envergadura levanta las pesadas redes mientras contamos el número de piezas que se deslizan por su costado: uno, dos, tres… el ritmo es constante, mucho mayor que el de las naves más pequeñas, donde la pesca se realiza a mano, con sedal.

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A media tarde, los estibadores del puerto suben al muelle los contenedores con las capturas del día y arranca así la faena en tierra firme. Es hora de hacer recuento y preparar el producto. Un operario maneja la grúa y apila sobre el cemento del muelle las cajas de acero. El suelo de este lugar no es apto para estómagos sensibles. El terreno que pisamos está formado por un inquietante manto crujiente de nieve roja (advertencia para fotógrafos: queda muy bien en cámara, pero si por accidente apoyan la mano en ella se llevarán su olor hasta la tumba). Dentro de la factoría de la familia Riksheim decenas de bacalaos se apilan frescos y sin despiezar, a la espera de que los trabajadores divididos por equipos se encarguen de aprovechar al máximo todo el producto. Y en el caso del bacalao ocurre, un poco, como en España con nuestro queridísimo cerdo: se aprovecha todo. Carne, hígado, tripas, huevas, cabeza y cocochas. El despiece de esta última parte del pescado viene profundamente marcada por la tradición ancestral. La costumbre dicta que sea los niños, y sólo ellos, los encargados de arrancar las cocochas y comercializarlas a su antojo. Los chavales se organizan como profesionales y logran embolsarse varios cientos de euros al mes.

A pocos metros de esta lonja, en un local al que se accede por una escalera exterior, se encuentra el Full Steam, un museo que rinde tributo a la pesca del bacalao y en donde pueden degustarse, entre otros platos, unas suculentas cocochas fritas rebozadas en harina (no alcanzan la perfección de la salsa bolognesa, pero se acercan mucho). Kalle Mentzen es el impulsor y responsable de este local ambientado con instrumental de navegación, antiguos aperos de estibadores e incluso una réplica de una catedral del bacalao, esas construcciones hechas con listones de madera en donde se secan a la intemperie las piezas limpias. Pese a que jamás se ha dedicado a él, Kalle ama este oficio y todo lo que tiene relación con la pesca del bacalao. Es por ello que se muestra preocupado ante las noticias que llegan desde Oslo. “El Gobierno está decidido a hacer prospecciones petrolíferas en esta zona. Dicen que no va a afectar a la ruta migratoria del Skrei, pero en realidad eso no lo sabe nadie. Yo preferiría no arriesgar. Deberíamos preocuparnos más por cuidar lo que tenemos, que es un inmenso tesoro, y que además nos visita cada año sin que nosotros hagamos nada. Pero el dinero… es el dinero”, sentencia Kalle con resignación.

En una de las habitaciones del Full Steam hay una pequeña fábrica de aceite de hígado de bacalao. Una vez dentro lo inevitable se hace realidad: Kalle saca vasos y nos invita a brindar con este brebaje inventado en el siglo XIX por un farmacéutico del pueblo de Å, también en las Lofoten. Al señor Peter Moller -así se llamaba- le debemos que durante generaciones los niños de medio mundo hayan crecido aterrados ante la imagen de una madre sosteniendo un vaso de este líquido viscoso. El propio Kalle admite que de pequeño no lo soportaba. Pese a todo, alza su vaso y brinda deseando que el año que viene el Skrei acuda una vez más a su cita con las Lofoten. Como ha hecho siempre.

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Lonely Planet Traveller (hard copy) August, 2013 PDF