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Península Olympic

Si en algún rincón del planeta las palabras motocicleta y libertad están entrelazadas a fuego ese lugar es Estados Unidos. Esta gente inventó el viaje por carretera, o al menos el viaje sobre asfalto como metáfora de la vida.

Por estos lares, además de despeinar, el aire ejerce sobre el cabello un magnetismo irresistible: Steinbeck se lanzó a la carretera en auto-caravana junto a Charly; Kerouac montó en coche a Sal Paradise para vivir la bohemia de los años 40; y Dennis Hopper y Peter Fonda marcaron un hito de la contracultura de los 60 a través del escape de sus dos choppers. Puede que la tercera vía, la de la moto, sea la opción en la que uno pase más frío -sin duda-, pero no existe mejor método para soltar lastre, recuperar oxígeno y vivir -aunque sea por unos días- en total libertad. 

La ruta arranca en el downtown de Tacoma, una pequeña ciudad portuaria del estado de Washington, a  medio camino entre Seattle y Olympia, la capital de estado. Estamos a las puertas de la Península Olympic, un enorme entrante de tierra situado en el extremo noroeste de Washington, justo antes de dar el salto a Canadá, dominado por el Olympic National Park, un gigante de más de 400 mil hectáreas de bosques, lagos, montañas y glaciares. Hacia allá nos dirigimos. Por delante, 630 kilómetros, dos días de asfalto en vías poco transitadas, bares de carretera, pueblos costeros y un paisaje espectacular. Las monturas serán varios modelos Harley-Davidson, un icono del viaje sobre dos ruedas, y que este año  de lanza al mercado nuevos diseños. Toca ajustarse el casco, ceñirse la chaqueta de cuero y abrir gas. En mi cabeza suena el Born To Be Wild de los Steppenwolf. Ruge el motor. Un cosquilleo recorre mi cuerpo. ¿Así que esto era la Libertad?

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Route 101, rumbo al parque

Abandonamos la ciudad cruzando el Tacoma Narrows Bridge rumbo norte, sorteando islas y bahías intercomunicadas a lo largo de un camino apacible por vías rápidas que pronto se convertirán en carreteras locales con tráfico fluido y establecimientos a ambos lados del asfalto. No pasará mucho tiempo hasta que el entorno mute hacia los tonos verdes de una vegetación que paulatinamente comienza a imponerse. En uno bar de carretera, el Eagle Creek Saloon, sobre la carretera 101, hacemos el primer alto en el camino. Toca comer. La enorme hamburguesa de cartón piedra que decora el tejado del restaurante es de una honestidad implacable: no, aquí no encontraréis brocheta de tofu con  crema fría de pepino y calabacín (ni aquí ni, seguramente, a cientos de kilómetros a la redonda). Pero el cheesburger está delicioso (los aros de cebolla también son excelentes).

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Photo: Harley-Davidson

Poco después el camino desemboca en la route 101, una carretera sinuosa que vira hacia el oeste y se adentra ya sin complejos en el extremo norte del Olympic National Park siguiendo la linea de costa que dibuja el estrecho de Juan de Fuca, a la derecha. Nuestro destino es Port Angeles, una pequeña ciudad a orilla del estrecho que creció a finales del XIX como centro de explotación forestal y que hoy es la puerta de acceso al parque nacional.

Hemos recorrido aproximadamente 250 km desde que salimos de Tacoma pero todavía quedan luz y ganas para subir la cordillera Hurricane Ridge y meternos de lleno en el paisaje alpino del Olympic National Park. La carretera que une Port Angeles hasta el centro de visitantes discurre durante 27 km en una subida que nos llevará del nivel del mar hasta los 1.598 metros de altitud. Aquí, el vientecillo de la libertad quema las mejillas. Pero es el exiguo precio que hay que pagar para disfrutar de unas vistas sensacionales. A izquierda y derecha, las imponentes píceas de Sitka hacen de parapeto en la subida hasta que la vegetación se abre para que el visitante pueda contemplar desde el mirador las cimas nevadas de las Olympic Mountains. Ahí aparecen señoriales el Deception (2.374 m.), el Anderson (2.234 m.), el  Constance (2.364 m.) y, por supuesto, el mayor de todos ellos, el Monte Olympus (2.432 m.).

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Bordeando el lago

El sol ya lleva un rato escondido cuando el motor de la Harley-Davidson deja de vibrar por hoy. Port Angeles ofrece marisco y muy buen pescado, pero sobre todo un silencio reconfortante. Al otro lado del estrecho se divisan las luces de Victoria, en British Columbia (Canadá). En el Red Lion Hotel no se oye un alma. A la mañana siguiente toca cambiar de montura. Nueva moto, pero sensaciones similares: de nuevo el hormigueo que recorre mi cuerpo desde los pies hasta las puntas de mis dedos en cuanto el inconfundible tra-tra-tra de la Harley me da los buenos días. Dejo Port Angeles con un golpe de gas y continúo la carretera rumbo oeste por la 112 durante unos kilómetros para, más adelante, girar 180 grados, empalmar con la 101 de regreso y circular por uno de los enclaves más hermosos de toda la ruta: el lago Crescent. Es el momento de subir el volumen de la radio y dejar que los pensamientos fluyan. Suena la Creedence. Es imposible no esbozar una sonrisa y sentirse afortunado… one more time.

A orillas del lago, y después de curvear acompañado por los destellos del sol a través de la densa vegetación, aparcamos la moto para disfrutar de la comida en el Lake Crescent Lodge, un elegante alojamiento con 100 años de historia que, además de comidas, ofrece habitaciones en cabañas de madera. En pleno Olympic National Park, el establecimiento sirve de campo base a los turistas que buscan pasar unos días haciendo piragua, hiking e, incluso, ski en invierno. O simplemente leer un libro junto a la chimenea.

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Photo: Harley-Davidson

El lugar seduce a cualquiera, pero por delante quedan más de 200 km hasta regresar de nuevo al punto de partida: Tacoma. De vuelta, los bordes de la carretera se convierten en improvisados mercadillos de domingo donde los vecinos venden lo inimaginable. El entorno invita a aminorar el paso y disfrutar: un grupo de easy riders hacen rugir sus choppers a nuestro paso, una camioneta con las ruedas más grandes que jamás he visto me adelanta haciendo sonar el claxon a modo de saludo, totems con motivos indios salpican el paisaje recordándome que en este estado aún perviven 29 tribus nativo-americanas, y no lejos de allí carteles de “vote for Trump” chirrían sin complejos clavados en el jardín de algunos vecinos. El Tacoma Art Museum nos certifica que hemos alcanzado el final del recorrido y de este sueño de libertad a lomos de un mito. Apago la Harley. Se duerme el traqueteo. Pero el cosquilleo en el cuerpo seguirá aún unos días más. 


Un trozo de la cultura Yankee

Cuando en 1904 dos jóvenes amigos de Milwaukee empezaron a confeccionar en el patio trasero de la familia de uno de ellos una motocicleta de competición, nadie podía imaginarse que aquel vehículo se convertiría en una de las empresas más icónicas de la industria del motor estadounidense. Aquellos chicos eran William S. Harley y Arthur Davidson, y sin saberlo no sólo estaban moldeando un nuevo tipo de moto sino mucho más: estaban patentando un modo de viajar. Un siglo y 16 años después, Harley-Davidson forma ya parte del imaginario yankee, igual que el Empire State, Hollywood o el fast-food. Su sonido único, su traqueteo imperfecto y esa estética robusta la convirtieron en el origen del movimiento chopper y en el vehículo ideal para una aventura por asfalto. Otra manera de descubrir mundo, convirtiendo el camino en una una road movie donde el protagonista es uno mismo.

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La Vanguardia (suplemento VIAJAR) October, 2016 PDF