Francia

Deauville, extravagancia a orillas de París

Levantado en el siglo XIX como balneario de la aristocracia parisina, este pueblo costero normando aún respira la sofisticación y la elegancia de antaño.

Las mesas del casino, las habitaciones de Le Royal y Le Normandy, las gradas del hipódromo y el paseo de Les Planches se convirtieron en el escenario estival donde la jet set francesa y un buen puñado de invitados internacionales dieron rienda suelta a la más absoluta extravagancia. Hoy, Deavuille sigue siendo un oasis chic a dos horas de París, un coto privado para las clases pudientes y los criadores de purasangres.

Publisher Release date
Revista Vis-à-Vis (tablet) July, 2016

Bretaña a pincel

Un paseo por los pueblos y paisajes de la región francesa que sirvió de inspiración a varias generaciones de pintores del siglo XIX.

En una minúscula plaza de Kervilahouen, una aldea de la isla de Belle-Île-en-Mer, Michèle Bardoux ojea despreocupada un libro sobre el pintor Claude Monet. Es experta en arte y guía de la isla, condiciones ambas que en esta rincón remoto del departamento de Morbihan, en Bretaña, parece que vayan de la mano. Sea por su tranquilidad, por sus paisajes o por el magnetismo del oleaje, la isla ha sido refugio para artistas de todo tipo —de Proust a Flaubert, de Matisse a Russell—, y entre ellos, Monet, que desembarcó aquí en septiembre de 1895 en busca de un paisaje que, según sus propias palabras, le conmoviera. Si huía del ambiente académico de Normandía y París, desde luego en Bretaña encontró su fuente de inspiración… y de obsesión: en dos meses pintó 39 lienzos de la misma costa. Madame Bardoux se coloca el gorro. Acaba de salir el sol y golpea sin miramientos, pese a que hace sólo unos minutos caían gotas. “En Bretaña hace buen tiempo, pero sólo cinco veces al día”, me dice sonriendo. Hablar de la climatología es uno de los pasatiempos nacionales en esta región de la Francia atlántica, donde los chaparrones y los cielos claros juegan constantemente al escondite, dotando al paisaje de un constante cambio de color y textura que se hace más patente cuando el agua del mar se embravece (a menudo en Belle-Île). Lo que para un fotógrafo puede ser un dolor de cabeza, para Monet, sin duda, fue una bendición.

Pasamos junto a la casa donde se hospedó el pintor en Kervilahouen, una vivienda de dos plantas, sencilla, en el centro de la aldea, rodeado de campo. Un lugar idílico según el punto de vista actual, pero un infierno de incomodidades para un parisino de finales del siglo XIX. Me cuenta madame Bardoux que al artista le costaba dormir por las noche por culpa del ruido de las ratas. Para Monet, Bretaña era poco menos que otro planeta, un recóndito extremo de la península más occidental del país a merced de las tormentas atlánticas y una región que ya por algún motivo los invasores romanos habían bautizado como finis terrae. Estaba lejos —muy lejos— de la civilización. De hecho, pese a que la llegada del ferrocarril a mediados del XIX acerca Bretaña al resto del país, lo cierto es que el aislamiento se mantendría, por lo menos, hasta finalizada la II Guerra Mundial, cuando la red de carreteras de la provincia se moderniza definitivamente. Mientras el resto de Francia era ya un lugar industrializado, Bretaña seguía siendo un lugar exótico y pintoresco, un ideal para los artistas del XIX, ávidos de escenas costumbristas con las que impresionar a la intelectualidad de los salones parisinos. Para aquellos primeros artistas que se adentraron en esta tierra remota, las incomodidades de Monet les hubieran sabido a suite del Ritz. Llegaron casi cinco décadas antes que el padre del impresionismo. Trazo a trazo, casi sin darse cuenta, ligaron para siempre Betaña y la palabra pintura.

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Para entender esa relación hay que dejar momentáneamente a madame Bardoux y la isla de Belle-Île y viajar hasta el continente, no lejos de aquí, remontar el río Aven y llegar hasta un pequeño pueblo dominado por 14 molinos de piedra. Un rincón bucólico todavía hoy y que hace un siglo reunió a pintores llegados de todo el mundo. Entre ellos destacaba un tal Paul Gauguin.

Colonia de pintores

Llovizna en Pont-Aven. La piedra de granito con la que están hechas las casas del pueblo son, si cabe, más grises aún. Pese a todo, incluso en ausencia de una paleta de color, Pont-Aven conserva esa perfección estética de los pueblos fluviales compactados en piedra y madera. Sus 14 molinos harineros de agua dieron forma a partir de la Edad Media a un floreciente centro comercial donde marinos y hombres de negocio movían las mercancías al mismo ritmo que las monedas, en un tintineo que ya no desaparecería.

La fiebre de la pintura llegaría más tarde, en 1865, cuando el norteamericano Robert Wylie apareció en Pont-Aven, se enamoró del ambiente y se colocó un jersey bretón de rayas azules del que ya jamás se desharía (no sólo vestía como un lugareño, también aprendió la lengua). Muchos compatriotas de Wylie siguieron sus pasos y se instalaron en el pueblo. Año tras año se unirían nuevas hornadas de artistas llegados desde Inglaterra y el resto de Francia, además de Estados Unidos. Ante la avalancha de pintores en busca de cama y comida, dos establecimientos dirigidos por mujeres se convertirían en los hospedajes más famosos de Pont-Aven: el hotel de Julia Guillou, y la Posada de Marie Jeanne Gloanec. En el primero se reunían los pintores academicistas, mientras que los más creativos preferían el Gloanec. Es precisamente en el Gloanec donde, en 1886, los caminos de Paul Gauguin y Émile Bernard se encontrarían. Juntos, y en varias estancias a lo largo de ocho años, revolucionarán el arte con su simbolismo sintético de trazos gruesos y colores llamativos, acompañados de otros creadores como Meijer de Haan, Filiger y Sérusier en lo que se denomina la escuela de Pont-Aven.

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Hoy, de aquella gloriosa década simbolista, queda el escenario inspirador —el Bois d’Amour, la capilla de Trémalo— y un pequeño tesoro escondido en una casa solariega a las afueras del pueblo llamada Manoir de Lezaven. En una de las estancias del edificio aún se mantiene en pie el último atelier de la época (visitas puntuales con reserva), una habitación  con altos ventanales, suelos irregulares y vigas combadas por el paso del tiempo, que sirvió de taller de Robert Wylie, Roderic O’Conor y Émile Compard, y en donde Paul Gauguin pintó su célebre Christ Jaune en 1889.

A media mañana ya ha salido el sol y los turistas se arremolinan en las barandillas del río.  Huele a dulce y a galette. En la Rue des Meunières, por una ventana de la cocina, asoma la cabeza el maestro chocolatero Éric Jubin. Las manchas en manos y labios no dejan lugar a equívocos. O ha estado elaborando pasteles o se acaba de dar un atracón. Me pregunta por el Barça y antes de despedirse me regala cuatro bombones. Cerca de allí, el pastelero Mickael Chalony termina de dar forma al enésimo kouign-amann, un pastel de mantequilla típico de la región y cuyo número exacto de calorías nadie parece conocer. A veces, mejor vivir en la ignorancia.

La luz inagotable

Para entender la efervescencia creativa de la que Bretaña fue tanto testigo como fuente de inspiración, es imprescindible dar un salto a la ciudad de Quimper, la capital del departamento de Finisterre. La inmensa mayoría de pintores que acudían a Bretaña evitaban la ciudad a toda costa. Y Quimper no fue excepción. Sin embargo, su Museo de Bellas Artes aloja una de las mejores colecciones de toda Francia, incluida, una nutrida selección de arte de inspiración bretona, con piezas de la escuela de Pont-Aven, así como una sala permanente dedicada al poeta y pintor Max Jacob, símbolo artístico de la ciudad. La casa familiar de los Jacob, en la Rue du Parc, es hoy una cafetería, pero vale la pena entrar en este patio semi escondido y echar un vistazo a la fachada interior. Por aquí pasó  de visita en 1929 Pablo Picasso, amigo íntimo de Jacob desde que ambos compartieran buhardilla en los primeros años de la bohemia parisina, a principios de siglo XX.

Antes de regresar a la isla de Belle-Île —y a madame Bardoux, que nos espera con el libro de Monet—, visito el pueblo costero de Concarneau, otro de los escenarios frecuentado en el XIX por los pintores. La popularidad de Pont-Aven hizo que muchos artistas decidieran buscar enclaves más tranquilos, como este pueblo fortificado y eminentemente pesquero en donde Gauguin pasó alguna temporada antes de partir definitivamente rumbo a la Polinesia.

Desde Quiberon sale el ferry rumbo a Le Palais, la capital de Belle-Île. En menos de una hora se atraca en este puerto natural protegido por una imponente fortificación iniciada por Luis XIV y reconstruida por el ingeniero Vauban en el XVII. Le Palais es, con diferencia, el lugar que más actividad de ocio concentra la isla. Aquí atracó Monet el 12 de septiembre de 1895, pero el olor a pescado del puerto le forzó a buscar otros emplazamiento en el interior de la isla. Y así es como llegó a Kervilahouen. A pocos kilómetros de aquí, rumbo a la costa, se llega a las agujas de Port-Coton, unas solemnes espigas de roca que sobresalen del mar y que cautivaron a Monet desde el momento en que aparecieron ante sus ojos. Madame Bardoux echa mano de su libro y me enseña una de las numerosas reproducciones de las agujas. “Justo aquí, día tras día, Monet plantaba su caballete y sacaba la paleta y los pinceles con el fin de poder plasmar las variaciones de la luz y el brillo de las aguas”, explica la guía con una pasión nada fingida. El artista ya había hecho ejercicios parecidos antes —La estación de Saint-Lazare en 1877, por ejemplo— y en la costa salvaje de Belle-Île volvió a obsesionarse con las variaciones lumínicas.

El magentismo de esta costa es prácticamente inagotable, por lo que aún hoy es relativamente sencillo poder imaginar lo que artistas como Matisse, Russell o el propio Monet sentían al pintar aquí. Escenarios sobrecogedores como La Pointe des Poulains, el punto más septentrional de la isla, o villas pesqueras como Sauzon, atrajeron en el pasado la mirada de los artistas, y hoy cautivan al turista contemplativo. Belle-Île, Pont-Aven, Bretaña en general, requieren de una mirada especial: la que se ejecuta entornando los párpados y en completo silencio.

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