ecología

El mundo gira en torno a este árbol

Neyagawa es una ciudad dormitorio más. Otra célula filamentosa cuya misión es proveer soporte estructural a un organismo gigantesco llamado Prefectura de Osaka por el que, a diario, 9 millones de personas garabatean su futuro sobre una planicie de cemento infinita. En una de las estaciones de tren de la ciudad, la de Kayashima, un árbol de 20 metros de altura parece rebelarse contra la tiranía arquitectónica.

Entre las vías 3 y 4, el tronco y las ramas de un alcanforero se abren paso atravesando no sólo el suelo del andén sino también su cubierta. La corona del árbol domina el paisaje desde las alturas mientras abajo el mundo sigue ajeno a lo extraordinario. Los pasajeros que esperan su turno para entrar en los trenes rumbo a Osaka o Kyoto apenas alzan la vista hacia una criatura que hace añicos cualquier teoría de la probabilidad. Para explicar cómo una insignificante planta en medio de una estación de tren en la tercera ciudad más poblada de Japón ha logrado sobrevivir a lo inevitable hay que echar mano de uno de los instintos más básicos del ser humano: el miedo.

La historia de este ejemplar de cinnamomum camphora se pierde tan atrás en el tiempo que, inevitablemente, termina empapada en superstición. Superstición que emana exclusivamente del miedo, de ese instinto atávico que surge en nosotros en cuanto le vemos el rostro a los desconocido –un eclipse, una erupción, unas luces en el cielo– y que en cualquier rincón del mundo ha moldeado y moldea quienes somos. Leo en internet que en Japón, cuando pasa cerca un coche fúnebre, la gente oculta los pulgares. Una amiga japonesa me dice que no lo había oído en su vida; pero que ella, en cambio, jamás se corta las uñas por la noche. El filósofo Spinoza tenía razón: “es tan imposible que el vulgo se libere de la superstición como del miedo”.


El árbol lleva 700 años en este mismo lugar. Primero, rodeado de vegetación y ahora, del traqueteo de los vagones. Es un goshinboku, que es como los sintoístas denominan a sus árboles sagrados. Y goza de este estatus porque sirve de morada a un kami, una deidad. La tranquilidad campestre de la que morador y planta habían gozado durante siglos empezó a resquebrajarse en 1910, cuando el ayuntamiento mandó construir la estación original. El árbol quedó a la derecha de uno de los andenes. No obstante, pese al cambio de escenario, la vida siguió sin mayor drama durante 60 años más. Entonces, en 1972, la presión demográfica hizo necesaria una remodelación de la estación. En los planos de las obras, esta vez, no había ni rastro del árbol.

Me cuenta el relato el señor Kusu Noki, un vecino de Neyagawa que dice haber vivido aquí casi tanto tiempo como el viejo alcanforero. Bajo, rechoncho y risueño, mi oportuno cicerone me invita a rodear con él las máquinas de vending del andén y acercarme a un letrero junto al árbol. Está escrito en japonés y lo firma la Keihan Electric Railway. El señor Kusu Noki, que todo lo sabe, agita el mostacho y empieza la traducción. Dice el cartel conmemorativo que en noviembre de 1972 arrancaron las obras para construir en este lugar una línea elevada de cuatro vías que incrementara la capacidad de la estación. Dice también que para responder a las muestras de respeto de los vecinos hacia este árbol se decidió finalmente mantenerlo en su lugar hasta la posteridad “para que así su fragancia y su verdor pudieran siempre traer serenidad al pueblo”.

Le digo al señor Kusi Noki que la versión oficial se me antoja poco creíble ¿Realmente toda una compañía ferroviaria decidió indultar a un árbol sólo por respeto a las creencias de un grupo de vecinos? Pese a la fuerza del sintoísmo, no parece verosímil . Y menos en pleno milagro económico de Japón y con una presión demográfica desbocada. Osaka y sus alrededores habían pasado de 8,6 millones de habitantes en 1955 a más de 15 en 1970. Entre 1970 y 1985, el fotógrafo Masatoshi Naito estuvo fotografiando exhaustivamente las calles de Tokio (caso similar al de Osaka), y describió aquel período como “una época (…) de cambios muy drásticos (…) en donde continuamente se demolían edificios antiguos y se levantaban modernos rascacielos en su lugar”. Además, no hay que olvidar que hablamos de un suburbio “ese lugar donde los promotores pasan las máquinas sobre los árboles y después ponen sus nombres a las calles”, en palabras del periodista Bill Vaughan. Tuvo que haber más. El señor Kusi Noki, que todo lo sabe, tuerce el bigote, carraspea, y me dice que me va a contar algo que no aparece en el cartel.


Por lo visto, en cuanto se esparció el rumor de que la intención de la compañía ferroviaria era talar el goshinboku empezaron a brotaron de todas partes historias inquietantes sobre las penurias que sufrían aquellos que intentaban derribarlo. Se contaba, por ejemplo, que un hombre había logrado cortarle una rama y que ahora yacía en cama con unas fiebres altísimas; o que alguien había visto una enorme serpiente blanca abrazada al tronco; incluso que habían visto brotar humo por la corteza. El caso es que finalmente la compañía rectificó los planos, cambió el trazado de las vías y dejó intacto al alcanforero sagrado. El miedo, el miedo y la superstición vencieron a una apisonadora llamada metrópolis.

En la parte baja de la estación, a pie de calle, un pequeño santuario custodia al árbol. Hasta aquí se acercan los vecinos del barrio para honrar al kami y pedirle seguridad, salud, felicidad. Si uno asoma la cabeza dentro se ve la base del tronco (7 metros de diámetro), la tierra pelada que le sirve de asidero y parte de sus raíces. Siglo XIV, murmura el señor Kusi Noki. Al otro lado de la calle, a 20 metros en línea recta, una tienda de comida rápida japonesa prepara pedidos. Siglo XXI, murmuro yo. El goshinboku ha gozado, sin duda, de mejores vistas.

Con una reverencia, el señor Kusi Noki se despide. Le veo despegar sus zapatos del empedrado y volar por el hueco que forman las paredes de la estación alrededor del árbol. Menea el mostacho una vez más justo antes de fundirse con hojas, tronco y ramas. Y entonces me doy cuenta de que no sólo la estación de Kayashima se ha construido en torno al alcanforero sagrado. Osaka entera gira alrededor. Y quién sabe si el mundo.

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La cosecha en la oficina

Ya son cerca de 2.000 millones las personas que viven en ciudades. El enjambre se ha convertido en el hábitat natural de gran parte de la población del planeta. Y la tendencia continuará. Se calcula que para 2050, el 66% de los 9.000 millones de habitantes del planeta vivirá en núcleos urbanos.

Las metrópolis sirven de refugio, pero a cambio se cobran su precio: pese a que solo suponen el 5% de la superficie terrestre, son las responsables del 70% de la factura de la luz y de un porcentaje similar de emisiones de gases de efecto invernadero cada año. El hombre moderno necesita el enjambre, algunos incluso lo aman, pero su consumo de recursos es, desde hace tiempo, descontrolado y a todas luces insostenible.

En la vorágine depredadora de cualquier ciudad —lo mismo en Chicago que en Casablanca, en Barcelona que en Bombay— el suministro de alimentos se lleva la palma en lo que a degradación medioambiental se refiere. Hasta hace no mucho tiempo, el ser humano se alimentaba de los vegetales y animales que se producían en su entorno cercano. Hoy, ya prácticamente nada de lo que un ciudadano se lleva a la boca tiene su origen en un trozo de tierra o mar próximo a él. El sistema moderno de producción y distribución alimentaria hace que los tomates que se exhiben en la estantería de un supermercado de barrio hayan tenido que recorrer 2.000 km en camión hasta llegar allí. O que aguacates hayan sido cosechados antes de alcanzar la madurez para meterlos en cámaras frigoríficas rumbo al otro lado del Atlántico, donde terminan en una ensalada.

Distancias enormes y un ingente gasto energético, a los que hay que sumar el consumo de agua, los pesticidas, los herbicidas, los fungicidas, el almacenamiento, el procesado, el empaquetado y la distribución. Y así se llega a datos tan alarmantes como que una cuarta parte de las emisiones producidas por humanos en los países industrializados se deriva de lo que comen. ¿Es este negocio sostenible? No lo parece. ¿Eficiente? Para los ciudadanos, desde luego que no.

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Cómo funcionará esto en 2050 —o en 10 años, sin ir más lejos— es una pregunta inquietante, con respuestas que pueden tender hacia el optimismo prudente o hacia la más absoluta desesperación. La historia enseña que el hombre acaba por ingeniar soluciones para salir de sus propios entuertos, pero quién sabe. En cualquier caso, la innovación científica tiene habitualmente la llave. En un mundo vertebrado por metrópolis superpobladas, donde cada vez es más evidente que el actual sistema de producción alimentario contribuye al cambio climático, a la pérdida de especies y al empeoramiento de la calidad del agua y el aire, la tecnología y los cambios de hábitos deben salir al rescate.

En Tokio (Japón) —la urbe más grande del planeta con 38 millones de habitantes— la empresa de consultoría y recursos humanos Pasona Group trabaja desde hace más de una década en buscar soluciones para el sector de la agricultura. Su sede central se encuentra en el corazón del distrito financiero de Chiyoda, en un edificio de nueve plantas forrado de vegetación y en cuyo interior los empleados conviven con huertos de todo tipo. Desde arrozales hasta tomateras colgantes, desde plantaciones tradicionales de quinua hasta campos de lechugas que no necesitan tierra.

En sus cerca de 20.000 metros cuadrados de oficinas, el Urban Farm —del inglés “granja urbana”, que es como la empresa ha bautizado al edificio— dedica 3.995 metros cuadrados (un 20% de las instalaciones) a espacios verdes. Pero no se trata de un recurso decorativo. Aquí los cultivos comparten salas de reunión, pasillos y mesas de trabajo con los empleados. Más de 200 especies de plantas, frutales, hortalizas y verduras que los trabajadores de Pasona Group cuidan con la ayuda de un equipo de expertos, y que brotan en un oasis verde entre asfalto, acero y cristal, en pleno barrio financiero de la ciudad más grande del mundo. Un símbolo, un gesto, que sin embargo marca las posibles líneas a seguir para construir las ciudades sostenibles del futuro. Obviamente, en la cafetería de la empresa, las ensaladas no pueden ser más frescas.

Más allá de la decoración

Motonobu Sato es el máximo responsable de la división de agricultura urbana de la compañía. Recibe al periodista en el mostrador principal del Urban Farm, en la planta baja. Todo está recubierto de madera sin pulir, cuelgan calabazas del techo, la iluminación es artificial, la temperatura agradable y suena una melodía de piano por el hilo musical. Un robot humanoide se desliza en silencio y suelta en voz alta lo que parece ser un mensaje de bienvenida. “Este es Pimiento”, dice Sato mientras dedica una sonrisa al robot. “Trabaja de guía para visitantes”.

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Pasona Group tiene una trayectoria de décadas de trabajo con los recursos humanos y la consultoría, pero desde 2003 apuesta además por buscar soluciones para la agricultura nipona, un sector que apenas despierta interés entre los jóvenes. El Urban Farm, su cuartel general, fue diseñado a conciencia con el objetivo, precisamente, de que se convirtiera en símbolo de la agricultura más experimental. “La empresa intenta encontrar soluciones que mejoren la vida de las personas”, explica el directivo. “Queríamos que la naturaleza y los trabajadores cohabitaran en una simbiosis perfecta en un entorno diseñado sobre tres conceptos: la agricultura, un espacio de trabajo saludable y una oficina ecológica”.

Con ese objetivo, la empresa compró en 2010 un antiguo edificio de oficinas y le encargó a la firma Kono Designs que ideara la forma de transformar el bloque de 9 plantas en un moderno cubo con jardín vertical en el exterior, zona verde en la azotea y diferentes huertos interiores integrados en la estructura del edificio. La vegetación no podía ser algo accesorio, sino más bien el vínculo entre las personas, el edificio y la naturaleza. El resultado es un espacio de trabajo en el que crecen hasta 200 especies diferentes de plantas, con un sofisticado sistema de control de riego, temperatura e iluminación, en el que los oficinistas conviven con tomates, berenjenas, melones, perejil, rosas e incluso arroz.

Según Sato, los tres conceptos sobre los que se cimentó el proyecto se cumplen a la perfección. Está presente la agricultura —“experimentamos los últimos sistemas para el cuidado de los productos” — en un espacio de trabajo saludable — “el entorno verde fomenta un ambiente más relajado y los trabajadores pueden comer productos frescos del edificio” — y ecológico — “la cortina verde exterior reduce el gasto energético y, además, usamos iluminación de bajo consumo para el crecimiento de las plantas” — explica el responsable. Urban Farm también cuenta con un sistema de climatización inteligente que monitoriza la humedad de las salas, su temperatura e incluso la brisa (hay cultivos, como el arroz, que necesitan cierto movimiento entre las espigas para un correcto crecimiento).

Un símbolo para concienciar

Allá donde mire el visitante, siempre ve algo en crecimiento. El vestíbulo principal, un espacio de 90 metros cuadrados, se utiliza para cultivar arroz de Aomori. Cada año se cosecha tres veces, con un rendimiento de 50 kg por cosecha. No lejos de allí, en una sala de invitados con sofás y plasma, el techo está cubierto por una reja de la que cuelgan tomates. Al lado, otro espacio forrado de madera e iluminado por potentes lámparas tiene un huerto de quinua en el centro.

A través de un pasillo se llega a una habitación acristalada que deja ver lo que parece un laboratorio de cultivo de lechugas. Multitud de fluorescentes especiales iluminan las 24 horas estas plantaciones hidropónicas, en donde los brotes de lechuga crecen solo con la ayuda del agua, sin necesidad de tierra. “Gracias a la iluminación y a la forma de nutrir la planta conseguimos lechugas en 45 días, cuando en el exterior se tarda entre 50 y 60”, explica Sato.

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En el piso superior hay varias mesas a lo largo de un espacio diáfano que los distintos equipos aprovechan para reunirse. Cuando lo hacen, de sus cabezas cuelgan tomates y calabazas, y en uno de los laterales una extensa pared de madera se ha convertido en huerto de hierbas aromáticas. “Algunos trabajadores recogen productos y se los llevan para consumir en casa. Es algo habitual”, asegura el responsable de la división de agricultura urbana. Los propios empleados —guiados por expertos— se encargan del cuidado de ciertos cultivos, y en la cafetería el menú del día incluye siempre productos frescos del Urban Farm.

Desde la empresa explican que el edificio es un símbolo del trabajo que realizan en el sector agrícola japonés. Un proyecto que pretende conectar a las generaciones más jóvenes con la agricultura, concienciar sobre las posibilidades del binomio agricultura-tecnología y ayudar a las comunidades locales de agricultores. Como en muchos países industrializados, en Japón el mundo rural muere lentamente sin que los habitantes de las ciudades apenas se percaten. Mientras haya comida en el supermercado, todo está bien. Pocos se preguntan quién ha producido ese alimento y cómo ha llegado hasta allí. Las urbes viven de espaldas al mundo rural. El Urban Farm pretende darle la vuelta: quiere traer el campo a la ciudad.

El ser humano lleva 10.000 años domesticando plantas. Son 100 siglos de experiencia que, sin embargo, no han servido para mejorar la eficiencia de los cultivos ante los retos que plantea el mundo actual. La producción es altamente ineficiente. Por eso, proyectos de agricultura urbana como el Urban Farm de Pasona Group —y otros como el del japonés Shigeharu Shimamura o el de los suizos de Urban Farmers— pueden servir para poner patas arriba los métodos tradicionales de cultivo y abrir la senda hacia un modelo alternativo.

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El País (online) March, 2016 El País