berlin

Un jardín en clave de Sol

Hace unos veinte años, a Christoph Schreiber le llamó la atención un piano. No era uno cualquiera: un Erard francés, original del XIX y con una mecánica superior a todo cuanto se había inventado en su época. Resulta que Christoph se dejó seducir por aquel sublime Erard y compró el piano con la intención de restaurarlo.

Resulta también que Christoph, además de alemán y neurólogo, es un tipo con tendencia a coleccionar cosas. Bicicletas y discos de vinilo, por ejemplo. El caso es que unos años después de aquella primera adquisición miró a su alrededor y se vio con una colección de 15 pianos del mismo fabricante –sí, 15 pianos de cola–. Había aprendido todo lo que uno debe saber tanto del método de construcción como de las técnicas de restauración de pianos de cola; y uno a uno fue restaurando cada modelo, como pasatiempos, sin intención de revenderlos –de hecho, jamás ha vendido un piano–. Tanto se volcó en su afición como reparador y coleccionista que casi sin darse cuenta un buen día se encontró en un taller, rodeado de botes de cola, pinceles, barnices y alicates y una legión de varias decenas de pianos antiguos esperando su turno, pacientemente, como sólo un piano de cien años de edad puede esperar su turno. Además de Erard, también había originales Förster, Perotta, Steinway… La cosa se le había ido de las manos y, ante semejante colección, Christoph entendió que algo había que hacer.

La idea era instalar el taller en un espacio lo suficientemente grande como para, además de almacenar los instrumentos, montar un pequeño escenario, abrir un patio de unas cien butacas y dejar que el público pudiera disfrutar de nuevo del sonido de aquellos pianos clásicos. Al fin y al cabo, arreglar esas joyas y mantenerlas ocultas tanto a los dedos de los músicos como a los oídos de los melómanos era, básicamente, una pena. Así que decidió inspirarse en la esencia de los antiguos Piano Salon parisinos, vieneses y berlineses del siglo XIX, que más que salas de conciertos eran lugar de reunión de la crema de la intelectualidad de la época. Músicos, escritores, poetas y artistas, en general, se juntaban en este tipo de espacios que los constructores de pianos abrían junto a sus talleres para poner a prueba sus últimas creaciones en un ambiente distendido. Era habitual, por ejemplo, que Paganini, Chopin o Listz, acudieran a la Maison Erard de la rue du Mail, en París, una de las más famosas junto a la Salle Pleyel y la Gaveau; lo mismo ocurría en Viena en la Saal Streicher o en Berlín en la Saal Duysen. Lugares, todos ellos, donde se escuchaba música, se probaban instrumentos nuevos y se departía en un ambiente relajado, totalmente alejado de la exquisitez de las salas de concierto oficiales.

piano_berlin_05

Doscientos años después, la etiqueta, la poma y los precios prohibitivos siguen existiendo hoy en día, pero por suerte todavía hay hueco para este tipo de salones íntimos. Al menos en Berlín. El proyecto de Christoph se llama Piano Salon Christophori –un juego de palabras entre su nombre y el del inventor del piano, Bartolomeo Cristofori–, y está muy cerca del centro, en el barrio de Wedding, en un antiguo taller donde hace años se reparaban los vehículos de la empresa municipal de transporte y que hoy forma parte del UferHallen, un centro cultural con alquileres baratos para artistas. Aunque aún tiene pinta de garaje, es un lugar venerado por músicos y amantes de la música. Huele a madera y a cola. No hay orden alguno –o eso parece– y está atestado de pianos de todas las épocas, teclados polvorientos, piezas sueltas y modelos impecables recién restaurados, además de tablones con herramientas, lámparas antiguas, alfombras y sillas de madera. Muchas sillas. Algo imprescindible, porque además del ruido de los cinceles de reparación, aquí se escucha música. Con mayúsculas.

Cada semana hay programados entre dos y cuatro conciertos. Tanto intérpretes y grupos noveles como estudiantes y músicos ya consagrados tiene abiertas las puertas del salón. La acústica es excelente y, por supuesto, se pueden probar todos los instrumentos que uno quiera. Para eso están. Basta con pedírselo a Christoph (siempre dice que sí). El público hace su reserva por internet, se le asigna un asiento y a su llegada se le ofrece una copa de vino. No hay un precio fijado, sólo la voluntad de cada uno, que se deposita en una caja de cartón al finalizar el concierto. Y nada de corbata –por favor– ni tacón. No es necesario. Y además rompería la atmósfera. Aquí todo gira entorno a la música, así que lo verdaderamente esencial es estar cómodo para poder abrir los poros al máximo.

piano_berlin_11

Christoph confiesa que no le gusta que le etiqueten como Amante de la Música. Su altruismo nace en otro sitio: “Esto es un hobby y me siento afortunado de que los músicos me llamen para venir a tocar aquí. Soy de los que piensa que cuando ofreces cosas recibes también cosas a cambio”. Sus ingresos vienen de su profesión como neurólogo. Lo que ocurre entre estas cuatro paredes se debe, seguramente, a un deseo muy personal de que el círculo se cierre finalmente. Viéndole colocar los nombres de los asistentes sobre las butacas media hora antes de que arranque la música, o colocando las copas sobre la mesa, o ajustando los botones en el equipo de audio, uno intuye y logra comprender que el hecho de abrir las puertas de su taller al público es, en definitiva, una fase más del proceso de restauración. ¿Devolverle la vida a un Dorn de 1803 o a un Zumpe de 1760 o a un Förster Quattrochord de 1943 para tenerlos guardados en un almacén o en un museo? ¿De verdad? ¿Qué sentido tiene? Esas joyas suenan y hay gente que goza sólo imaginando que acaricia sus teclas o que escucha sus cuerdas. Por eso, y sólo por eso, existe este lugar. “Todo gira entorno al concierto”, afirma este alemán de 43 años originario de Halle. “Y lo que hace posible estos conciertos es el lugar y los pianos. Está abierto para los músicos, para que practiquen, para que prueben otras cosas. Y no los alquilo. Los músicos tienen las llaves para entrar aquí y tocar. Si están en la ciudad, pueden venir y probar lo que quieran”.

Por el escenario del Piano Salon Christophori han pasado figuras de todo el mundo, desde violinistas como Sayaka Shoji y Giovanni Guzzo a pianistas como Stanislav Ioudenitch o Jean-Frédéric Neuburger. Pero no es imprescindible tener un nombre. Basta con contactar con Christoph, buscar un hueco y marcar una fecha. Y así, por el propio interés de los artistas, es como se montan las veladas musicales. De hecho, los instrumentos acaban aquí sin que Christoph –que ya hace años que no los compra– sepa muy bien cómo. “No los busco”, asegura. “Llegan solos, como los músicos. Yo soy sólo el jardinero que prepara la tierra para que crezcan las flores”.

 Publisher Release date Link
Yorokobu (hard copy) January, 2014

La Babilonia del Spree

De entre las cenizas que aún flotan sobre los adoquines de Berlín, las de los años 20 aún se dejan ver de tanto en cuanto. Leves marcas que nos trasladan a un tiempo de libertad y canalleo, justo antes de que el nazismo aniquilara a golpe de fusil el jolgorio de una sociedad que nada más -o eso pensaban- podía perder ya.

(more…)

Golf de adoquín y asfalto

Como en las buenas historias del rock, esta también empezó en el cuarto de un hotel y con demasiadas cervezas de por medio. Corría el año 1992 y Tolsten Schilling trabajaba para una cadena de televisión montando estudios en eventos deportivos, o lo que es lo mismo, viajes alrededor del mundo, un par de días para hacer la instalación y 10 días de asueto con mucho mucho tiempo libre.

Durante uno de esos viajes, Tolsten y tres colegas decidieron matar las horas echando una partida en el mini golf del hotel. Era la primera vez que agarraban un palo de golf y obviamente la cosa se les fue de las manos desde el minuto uno. Al rato estaban dando bolazos dentro de la habitación. Resultado final: 78 sobre par y varios agujeros en el techo. La nueva modalidad causó furor entre la troupe y las partidas nocturnas se fueron sucediendo durante una buena temporada (con las consiguientes consecuencias para el mobiliario de varios establecimientos). Cansado de andar pidiendo perdón a conserjes y directores de hotel, este bonachón hamburgués con pinta de motero empedernido decidió dejar su trabajo para dar rienda suelta a su nueva afición golfística, pero en lugares que entrañaran menos riesgos. La primera opción (hacerse socios de un club de golf) se descartó de inmediato. Pasaron directamente a la segunda: jugar en plena calle.

De aquellas primeras ‘quedadas’ en las que se juntaban cuatro o cinco amigos para echar unas cervezas con la excusa del golf urbano se ha pasado en 20 años a una comunidad llamada Natural Born Golfers (NBG) que cuenta con cerca de 200.000 miembros y cuyo éxito ha forzado a Tolsten y compañía a dejar de anunciar a través de su página de Facebook el lugar donde se reúnen cada domingo. “Hoy ya no podemos hacer eso”, explica Tolsten. “Un día se nos presentaron 200 personas y es imposible gestionar un grupo tan grande. Ahora optamos por concretar entre los amigos de siempre y dejar que cada uno traiga a dos o tres más”. El propio Tolsten se encarga de impartir las nociones básicas para principiantes (¡ojo! hablamos de un tipo que jamás ha tomado una clase de golf), con el objetivo de que el ‘swing’ sea lo más digno posible. “Yo no soy profesional. De hecho, en mi vida he pisado un campo. Sólo explico algunos movimientos básicos y ya está. Si lo que quieres es mejorar… contrata a un profesor particular”.

Puede que sea el aire underground y rockero, o quizás la sensación de estar haciendo algo en un lugar donde no se supone que debes hacerlo. El caso es que hay codazos en Berlín por juntarse con los NBG y golpear bolas desde azoteas y callejones a hoyos imaginarios. Conscientes de la inquietud de sus seguidores, cada cierto tiempo organizan eventos multitudinarios esponsorizados. Los llaman Community Events y a diferencia de las salidas espontáneas de los domingos, aquí la organización adquiere un nivel superior. Se alquilan azoteas, se pagan los pertinentes permisos al ayuntamiento y se abre la participación a 40 miembros de NBG elegidos por sorteo más otros 10 de fuera de la comunidad. Máximo, 50 jugadores. Ni uno más ni uno menos.

nbg_05

Cuentan con unos lista de 10 lugares ideales en la ciudad para juntarse. Todos ellos son de fácil acceso (la mayoría se desplaza en bici) y con una concentración baja de transeúntes. Algo esencial para evitar sustos. “No podemos jugar en lugares con mucha gente, pero en Berlín hemos encontrado muchas áreas vacías, con pocos viandantes incluso en los meses de verano. De todas maneras -aclara Tolsten- cuando pasa alguien y tú estás a punto de golpear, te paras, esperas y luego sigues”. Cuando la actividad es elevada en la zona, se opta por usar bolas blandas. “De todas maneras, jamás hemos tenido un accidente en 22 años. Lo más grave, algún cristal roto. De hecho, cuando la gente nos ve golpeando suele acercarse a preguntar e incluso se anima a coger el palo”. El éxito es tremendo. Y aunque no son la única organización que practica el golf urbano en Berlín, sí son los más veteranos y numerosos. Su capacidad organizativa ha hecho que muchas empresas contraten sus servicios para amenizar todo tipo de eventos privados (20 al año, aproximadamente), con montajes de hoyos surrealistas, como por ejemplo recrear una sala de estar con sofá, mesa y televisor, colocarla sobre una plataforma flotante, anclarla en medio del río y hacer que los participantes acertaran a romper la pantalla de la tele desde una azotea de un hotel. Ese es el nivel. (Por cierto, pasaron 4 horas hasta que alguien logró golpearla).

¿Y qué hay de las reglas cuando se trata de golpear libremente por la ciudad? Tolsten lo deja clarito desde el principio: “no hay”. Se reúnen en el sitio acordado, abren las primeras botellas de cerveza, un poco de música y echan un vistazo a posibles objetivos (el pie de una grúa, por ejemplo). Y a partir de ahí se van moviendo como si estuvieran en un campo de golf, siguiendo la senda de su bola y caiga donde caiga. “En realidad, se trata de pasar un buen rato. Jamás contamos cuántos golpes damos. Aquí nadie quiere conocer cuál es tu marca o si eres el mejor. ¿A quién le interesa eso?”.

 Publisher Release date Link
LING magazine (hard copy) June, 2014 PDF

Juegos mentales

Panoptikum Museum

El barrio de Mitte en Berlín esconde un lugar donde nada es lo que parece. El Museo Surrealista de Objetos Industriales es una colección de ideas equivocadas, como le gusta describirlo a Vlad Korneev, un ruso afincado en la capital alemana e ideólogo de este espacio tan particular. Los objetos están distribuidos de tal manera que la visita es una especie de adivinanza, un juego para la mente que intenta desesperadamente encontrar una lógica. ¿Juegas?

 Publisher Release date Link
Revista Mine (tablet)  March, 2016 PDF