Schorem, escoria con clase

Don Daco se afloja la corbata a lunares que asoma bajo la bata, fija su mirada de puma hambriento sobre un costado de la cabeza del cliente y aplica la tijera con precisión cirujana. Tas, tas, tas. Tres tajos perfectos.

Da un paso atrás en busca de perspectiva, entorna los ojos dos segundos y de nuevo hace bailar sus dedos para acabar de rematar unas patillas que gritan «Be-bop-a-lula, she’s my baby». Sus compañeros dicen de él que es uno de los barberos más exquisitos de Schorem. También cuentan que en los últimos cuatro meses ha pronunciado doce palabras. Un tipo discreto Don Daco. Le retira la capa al cliente, se ajusta el bombín y esboza una media sonrisa mientras le estrecha la mano. Rumbo a la caja registradora desfila a cámara lenta un antológico tupé flanqueado por dos patillas que merecen el Pritzker de arquitectura. Be-bop-a-lula, I don’t mean maybe.

Alguien grita «¡siguiente!» y como un resorte un joven barbudo brinca del banco de madera donde media docena de hombres matan el tiempo tomando cerveza y charlando en calma. La mayoría lleva esperando su turno un par de horas y por delante le queda, como mínimo, media más. Ni una mueca de incomodidad. Lo tienen asimilado. Están en Schorem. No se reserva. A las pocas semanas de que esta barbería de Rotterdam abriese sus puertas, hace ahora cinco años, ya había a primera hora de la mañana una cola de más de veinte personas esperando fuera del local y, cuando echaban el cierre, los que se quedaban sin corte por falta de tiempo eran 50.

Bertus y Leen —alias Bloody B. y The Bearded Bastard— no daban crédito. Estos dos amigos peluqueros le dieron forma al negocio una noche de humo y cervezas entre risas, ocurrencias y la esperanza de envejecer a gusto en su propia barbería, haciendo exactamente —y solo exactamente— los cortes que les salieran de la entrepierna. Ambos habían mamado la cultura underground, sentían devoción por el rock’n’roll, lucían tatuajes y en su juventud se habían metido en algún que otro lío. Querían montar un garito exclusivo para hombres donde, además de adecentarse barbas y vestir cabezas con tupés, se pudiera beber cerveza y leer Playboy con Carl Perkins y Chuck Berry sonando de fondo.

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Seguramente lo que querían era abrir su propio bar. Pero en los bares no se corta el pelo. Y Bertus y Leen disfrutan, sobre todo, con el peine y la tijera. Aunque a su forma: su obsesión era alejarse de las directrices de la moda y las tendencias actuales y regresar a los orígenes del oficio recuperando al barbero artista de los años 50, el que recibía en bata y corbata; el del afeitado húmedo, con toalla caliente y a navaja; el que conocía solo tres cortes clásicos de hombre —pompadour (tupé), flattop (a cepillo) y contour (con raya al lado)—, pero los clavaba los tres. En definitiva, resucitar a aquel personaje de barrio que antaño era, junto al doctor y al sastre, el único hombre que tenía permitido tocar a otro hombre.  Al poco nacía en Nieuwe Binnenweg la barbería Schorem (escoria en holandés). Tres semanas más tarde sus cuatro manos eran del todo insuficientes y tocaba reclutar nueva escoria.

El personal de Schorem está formado por rockabillies, gentlemen, punks, rufianes, freaks, artistas, rockers y hasta bikers. Lo mejor de cada casa. «Escoria, pero con clase», como ellos mismos se definen. A Coos, por ejemplo, lo encontraron cumpliendo servicios comunitarios. Empezó a aprender el oficio de peluquero y al poco recibió una carta en la que le enviaban a prisión a cumplir el resto de la pena. Bertus y Leen le dijeron que se tomara unas ‘vacaciones’ y que luego volviera si seguía interesado. Le esperaron, y Coos entró a formar parte de la banda de la tijera. El caso de Lausy Lau no era muy diferente. «Vivía en la calle, sin trabajo, con problemas de alcohol y drogas. No había cortado el pelo en su vida. En un año se convirtió en uno de los mejores barberos de Schorem». El que habla es Demon Daan, otro de aquellos primeros peluqueros que se unieron a la tropa. «Todos tenemos una juventud parecida, digamos que éramos bad boys. Tipos tatuados, con piercings… ya sabes. Por eso conectamos rápido».

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Mientras apura un cigarrillo rubio sentado en uno de los bancos de madera de la terraza que hay en la parte posterior, Daan explica que estuvieron cerca de tres años en un local mucho más pequeño que este, justo en la acera de enfrente. «Una Navidad llegamos y ya había en la puerta 60 personas esperando. Hacía mucho frío, así que pasamos a todos dentro. Había un banco largo pegado a las ventanas lleno de tíos sentados; delante de ellos, otra fila de gente de pie y, delante de estos, casi sin espacio, los seis barberos cortando el pelo. Era una locura. Estuvimos tres años allí hasta que nos mudamos a esta barbería. De todas maneras, aún sigue sorprendiéndonos la popularidad de este sitio. Viene gente de todo el mundo solo para hacerse un corte de pelo. El último, un tipo de Chicago que voló hasta Rotterdam, vino a Schorem, le cortamos el pelo, salió de fiesta y al día siguiente volvió a Chicago». El día que dejaron el viejo local —hoy lo usan como escuela de peluquería— Leen tomó la decisión de colgar las tijeras y dedicarse a la gestión del negocio. Hasta ese momento «no teníamos ni business plan, ni marketing…, nada. Solo la página de Facebook», confiesa Daan. «Pero quizás ahí esté la magia, en no pensar tanto en lo que quiere el cliente, sino en lo que queremos nosotros».

Dentro, Little Richard marca el compás con un desesperado Good golly Miss Molly, sure like to ball. Son las 12 del mediodía. Miki the Maggot, Bones, Raunchy Randy, Maus, Fab Faab y el resto de barberos levantan quiffs, perfilan duck’s asses y aplican cera y loción como si no hubiera mañana. En la pared, de los cuernos de un venado cuelgan unas bragas y un liguero. When you’re rockin’ and a rollin’ can’t hear your momma call. También hay un contrabajo, unos guantes de boxeo, un caimán, billetes de dólar, decenas de fotos en blanco y negro. Y entre el caos, un par de posters con los cortes que se ofrecen: doce clásicos, puro old school, y doce variaciones sobre estos. Si buscáis otro estilo, a media manzana hay otra peluquería.

Gideon abre la nevera y pregunta: «¡¿Quién quiere cerveza?!» Ronda para todos. Los que esperan se levantan. Los que están en los sillones arquean la ceja para que algún buen samaritano les acerque la Bavaria. Un alemán con aspecto de haber salido de una mina de Gelsenkirchen me explica que se ha metido 650 kilómetros para arreglarse pelo y barba. Lo hace cada dos meses. A su lado, un holandés barbilampiño me cuenta que le fascina el ambiente y que no le importa esperar. La primera vez aguantó cinco horas hasta que llegó su turno. Un barbudo con botas de cuero aguarda junto a su hijo de 8 años. Vienen de Luxemburgo: tres horas de trayecto en coche. Es la primera vez para el niño. El chaval tiene aspecto de querer llamar a su madre y contarle que no le espere a cenar, que se muda a Rotterdam. «Toda esta popularidad me parece una puta locura», dice Fab Faab. «Tíos, esto no es más que una peluquería». Wop bop a loo bop a lop bam boom!

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