Krapanj, tradición sumergida

La isla de Krapanj fue privada durante años. A 300 metros de la ciudad de Brodarica y con menos de medio kilómetro cuadrado de superficie, en esta mota sobre el Adriático sólo estaba permitida la entrada a monjes franciscanos. Así lo dejó escrito en su testamento el último propietario del lugar.

Una iglesia, un huerto y todo el silencio del mundo. No necesitaban más. Un entorno ideal para hombres entregados a los quehaceres divinos, cuya calma se veía preservada por una franja de agua cristalina. La cosa cambió en el siglo XVI, cuando las invasiones otomanas se hicieron frecuentes y los frailes abrieron a la población las puertas de la isla para poder hacer frente a los infieles. Cuando los tambores de guerra cesaron, hubo que buscar la manera de mantener a la nueva población. La pesca era la principal fuente de recursos, pero el mar escondía un tesoro más productivo, aunque desconocido para la mayoría: las esponjas de mar.

Se cuenta que fue un tal padre Antun, cretense de origen, el que enseñó a los isleños el arte de recolectar y limpiar esponjas alrededor del año 1700. En el mar Egeo, el comercio de esponjas se remontaba siglos —los cretenses ya las usaban con fines higiénicos, se dice que los romanos forraban sus armaduras con esponjas, y en la Edad Media se aprovechaban sus beneficios medicinales—, pero en esta parte de la costa dálmata aún no se conocían los beneficios económicos que podían reportar estos extraños animales primitivos. El caso es que el padre Antun repartió arpones entre los hombres de Krapanj e impartió un curso básico de pesca y procesamiento de esponjas. No sólo pillaron la técnica rápido, sino que se convirtieron en expertos durante los siguientes 300 años.

Usaban como embarcaciones barcos pesqueros de 4 toneladas; dos hombres subían a bordo: uno, el sijavac o remero; el otro, el svicar o arponero. Y a bogar. Los svicar bajaban a pulmón entre 10 y 15 metros y como, en definitiva, eran los que se jugaban el tipo se quedaban con la mitad de todo lo recolectado. El otro 50 por ciento del beneficio se repartía entre el remero y el dueño de la embarcación. Hasta finales del siglo XIX los recolectores de esponjas apenas variaron su método. En 1893, con una flota de 40 embarcaciones y prácticamente todos los hombres de la isla involucrados en el negocio, montaron su propia cooperativa y consiguieron los primeros equipos de submarinismo con aire asistido, cosa que les permitía estar más tiempo bajo el agua y recolectar a mayor profundidad (30 metros).

Sin embargo, como todo trabajo artesanal éste también terminó sucumbiendo al tic-tac del reloj. A mediados de los año 50, el número de recolectores de esponjas empezó a decrecer paulatinamente hasta quedar reducido, en 1968, a únicamente 11 buceadores (hoy, la actividad es testimonial). Si dais una vuelta por el bar o paseáis por el embarcadero, todavía podréis encontrar a algunos de esos últimos recolectores y sus recuerdos de inmersiones y de travesía de varias semanas mar adentro en busca de las mejores esponjas del Adriático. Ellos son el último suspiro de una tradición de tres siglos, el eslabón final de una cadena que empezó a forjar un cura cretense en 1702. Se llamaba padre Antun y sin saberlo cambió la historia de esta diminuta isla dálmata.

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LING magazine (hard copy) July, 2015 PDF

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