Argentina

Pese a la falta de similitudes, la aridez de Salta y el hielo de El Calafate son hijos de la misma Argentina. Dos caras de un país inabarcable.

Pasar una semana en Argentina y tratar de visitar Norte, Sur y la bola extra de Buenos Aires es jugar a ser Diego. Perdón, Dios. Un sacrilegio. Seamos francos: sólo Baires ya te exige cinco días (sólo Palermo, cuatro). ¡Che! Hagamos un pacto: léase este recorrido estirando las palabras, alargando las frases, intentando que la ruta que explico a continuación se dilate como el engrudo, tal cual haría un taxista porteño al que le pides dónde queda Corrientes y 45 minutos después te está explicando que un día llevó a Carlos Gardel. Sin prisa y con imaginación. He ahí la actitud. Quizás así el lector pueda sentir —por poco que sea— la sensación que supone arrastrar un lunes los zapatos sobre un territorio árido y escarpado como el de los Valles Calchaquíes, en la provincia de Salta, y el jueves estar caminando con crampones sobre el hielo del glaciar Perito Moreno, 3.000 km al sur. En Salta, remera y gorra; en El Calafate, plumón y gorro. Arriba, degustando vino sin necesidad de excusa; abajo, arrimándose a un guiso de ciervo o una fondue porque arrecia el frío.

Y a todo esto Buenos Aires en medio. Ciudad de llegada y de retorno a España, y a la que hay que honrar como se merece. Lo dicho: los periodistas a menudo jugamos a ser Dios. Pero ¿y a quién no le gustaría tocarla como el Barrilete Cósmico?

Salta

El vuelo desde la capital ha durado poco más de dos horas. 1.600 km al noroeste de Buenos Aires, la ciudad de Salta me da la bienvenida a ritmo de zamba. Estamos en la cuna de los cantores bohemios, de los creadores de este género y de la mítica Peña Boliche Balderrama, una antigua picantería donde, además de poder degustar toda la gastronomía tradicional de la provincia, cada noche se canta. Mucho. “¿Vos sos de Salta? Entonces sabés cantar”, reza el dicho. Y pese a que a un servidor tiene cierta tendencia a agarrar micros cuando no tienen dueño y van de mano en mano, esta noche en el Balderrama me centro en reponer energías, y eso que el vuelo de Madrid a Buenos Aires con LATAM ha sido un plácido partido sin oponente (vamos, en un lujoso butacón de bussiness). Sobre la mesa: matambre, humita, locro y empanada de pollo y charqui. Será suficiente. Suficiente  para una familia de seis miembros de granjeros de Spring Fork, Misuri, quiero decir. Gastronomía es sinónimo de calorías por estos lares. Repto hacia la cama.

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Abandono Salta y me dirijo rumbo sur hacia Cafayate. Busco la tierra árida, los cañones salpicados de cactus cardón, las rocas rojizas con las que el Tiempo ha querido jugar a ser un genio escultor loco. La Ruta 40 desciende serpenteante junto al río Guachipas por este paisaje seco perteneciente a los Valles Calchaquíes. El paisaje te regala la Quebrada de las Conchas y esculturas naturales como El Anfiteatro, El Sapo o Las Ventanas. Tras 90 km de viaje la tierra cobriza da paso a un terreno más amable, aparecen los viñedos, las primeras bodegas, edificios de estilo colonial y la localidad de Cafayate, referente del vino de altura salteño y embajador del blanco por antonomasia: el torrontés.

Me dispongo a seguir el consejo de ‘La Negra’ Sosa (“Deja que beba en tu vino la savia cafayateña, y que me pierda en la cueca cantando antes que me muera”) en la terraza de la Bodega Piattelli, con un bife sobre la mesa que me susurra obscenidades. Más tarde, un paseo a caballo por los terrenos de La Estancia, donde además de pernoctar se puede practicar golf y, básicamente, invertir el dinero en cualquier actividad que no genere estrés.   

El Calafate

Tras varias jornadas en manga corta y regado en Malbec y Torrontés, agarro un nuevo vuelo de LAN para recorrer 3.000 km rumbo sur y terminar en la Patagonia. Todavía con los 25 grados de Salta en la piel, el primer golpe de aire me quita la tontería: forro polar y abrigo plumón son requeridos. Ya.

Estoy en la provincia de Santa Cruz, la más austral del país, en El Calafate, una pequeña ciudad a orillas del lago Argentino a la que se conoce popularmente como la capital nacional de los glaciares. Aquí, en Los Sauces, voy a pasar las próximas dos noches, albergado en una cómoda casa de estilo patagónico y rodeado de álamos y sauces. El hielo y la roca son el reclamo de esta tranquila ciudad, especialmente de septiembre a Pascua, donde todos viven del turismo. “Quienes llegan acá lo hacen con una mano delante y la otra atrás. Después aprendés a colocarlas a los lados para llevar valijas”, me explica el taxista.

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En El Calafate se vive de la actividad que genera el Parque Nacional Los Glaciares, un inmenso escenario de montañas, estepa, lagos y bosques donde el Monte Fitz Roy (3.405 m.) y los glaciares Upsala y Perito Moreno rivalizan en un perpetuo concurso de belleza. El Perito Moreno es, sin duda, la joya de la corona. La posición de su desembocadura, justo delante de la península Magallanes, hace que el acceso sea sencillo: a pocos metros del visitante, los enormes trozos de hielo finalizan su periplo de 400 años y 27 km como auténticas primadonnas: con un grito apabullante y frente a una nube de flashes y aplausos. Bravo.

Para aquellos que buscan una relación más estrecha con el glaciar, hay empresas que organizan travesías a pie sobre el hielo. Nada extremo: son aptas para cualquier edad, duran cerca de 2 horas y te sientes insignificante durante los siguientes 3-4 días. Una auténtica maravilla.      

Buenos Aires

Cuando ya estaba totalmente aclimatado a la temperatura patagónica el calendario me vuelve a desaclimatar. Toca regresar a España. Por suerte, aún me quedan dos noches en Buenos Aires. Totalmente insuficiente, cierto. Pero quiero al menos levar anclas habiéndole robado un beso a esta fascinante metrópolis: hermosa, caprichosa y contradictoria, culta y refinada. El hotel boutique Palo Santo es mi primer campo base; el segundo será el mítico Panamericano, junto a la Plaza de la República y su icónico Obelisco.

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La exploración en solitario tiene sus gratificaciones, pero no hay nada como poder echar mano de un bonairense historiador. La gente de Eternautas se dedica a transmitir la historia de Retiro, de Puerto Madero, de Recoleta, de San Nicolás, de Palermo… de forma diferente.

Algunos datos antes de acabar: el bife de chorizo y el vacío criollo son religión, pero también lo es la pizza, así que hagan el favor de buscar mesa en El Cuartito (Talcahuano 937). Otra cosa: no todos bailan tango, pero no hay casa donde falte el dulce de leche.

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